2 de noviembre 2004 - 00:00

"La diversión a secas no le sirve al público"

Pierre Salvadori: «Siento que la comedia tiene algo tónico, generoso hacia los personajes y también hacia el espectador, y que es una vía inmejorable para relatar situaciones que, de otra manera, pueden ser poco soportables».
Pierre Salvadori: «Siento que la comedia tiene algo tónico, generoso hacia los personajes y también hacia el espectador, y que es una vía inmejorable para relatar situaciones que, de otra manera, pueden ser poco soportables».
"El restaurante" (llamada más sutilmente, en su original, «Après vous», «Después de usted») es otra de las pocas comedias francesas que ha logrado trasponer las fronteras de su país y obtener distribución internacional. Protagonizada por Daniel Auteuil y José García (un actor incurablemente español pero que se afrancesó con fortuna en la TV de su país adoptivo), la película, que dirigió Pierre Salvadori, relata la historia de un pulcro camarero ( Auteuil), obsesionado con su trabajo, que se cruza por azar con un hombre que está a punto de suicidarse en una plaza (García), y a quien no sólo salva sino que, además, intenta «encarrilar» en la vida, empresa filantrópica que le va a costar demasiado.

«Me gusta ver a la gente entretenida en el cine, y mucho más si está viendo una película mía, pero detesto el cine que sólo tiene como fin ese entretenimiento, y eso tampoco le sirve al público»
dice Salvadori a este diario, en una conversación mantenida algunas semanas atrás en París.

Cineasta con una trayectoria superior a una década, Salvadori «despegó» con «El restaurante», con la idea de que una mejor difusión de sus films no empañe la línea que intentó, según declara, imponerse desde siempre.

Periodista
: Su película sigue cierta tradición del cine de «parejas desparejas», al estilo Jack Lemmon-Walter Matthau o, dentro de Francia, aquella de Lino Ventura y Jacques Brel en «Sálvese quien pueda». ¿Tuvo presente este modelo?

Pierre Salvadori: No creo que «El restaurante» comparta esa misma línea, es decir, la de dos personajes que terminan convertidos en antagonistas fuertes y en el que uno le hace la vida imposible al otro. Auteuil y García se necesitan. Es algo distinto. A mí no me interesaba obtener el efecto, cómico o dramático, de dos opuestos, al estilo de los que usted citaba o de algunos otros casos como el de las películas de Pierre Richard y Gerard Depardieu. Para mí, lo más atractivo, lo más emotivo en verdad, es la amistad, aun con todas sus complicaciones. El hecho de que ambos sean tan distintos pone de relieve ese sentimiento, a veces inexplicable, de la amistad desinteresada, que a diferencia del amor no exige posesión ni pide reciprocidad, y que simplemente nace del impulso de entender, ayudar a otra persona, y compartir sus buenos y malos momentos. A mí, por ejemplo, siempre me parecieron conmovedoras esas amistades de 30, 40 años, que se mantienen en el tiempo aun con todos sus malos períodos.


P.:
De acuerdo, pero el personaje de Auteuil es el de alguien que arriesga su vida privada y profesional a costa de un hombre a quien ni siquiera conoce. ¿Llamaría usted amistad a eso, o es más una relación de víctima y victimario basada en un inexplicable sentimiento de culpa?

P. S.: Las características de su personaje, que quedan claras desde el principio de la película, no impiden la idea de la amistad, por más particular que ésta sea. No es la primera vez, además, que trato ese tema en una película; ya lo hice en «Los aprendices», de 1995, en donde la amistad entre los protagonistas era tal vez hasta más curiosa. Ocurre que me interesan los personajes complejos, con matices contradictorios, tal como es la vida misma. Por eso también me atrae el recorrido de la comedia hacia el drama y luego otra vez a lo cómico.


P.:
¿Suele también practicar esta mezcla de registros?

P.S.: Sí, así es. Siento que la comedia tiene algo tónico, generoso hacia los personajes y también hacia el espectador, y que es una vía inmejorable para relatar situaciones que, de otra manera, pueden ser poco soportables, o demasiado dramáticas. Por ejemplo, la escena en que el personaje de Auteuil, para no ser reconocido en otro restaurante, debe sentarse a la mesa de un completo extraño, es una de las que más festeja el público, donde más se ríe. Sin embargo, si se mira bien, esa escena está hablando de desprotección, fragilidad, miedo, algo que jamás provocaría risas si yo hubiera optado por contarlo de manera dramática
.

P.:
¿Qué tipo de cine es el que más lo inspira?

P.S.: Mi género favorito es la comedia clásica norteamericana, el «toque» sofisticado de las películas de Ernest Lubitsch,o esa joya de 1936 de Gregory La Cava, «La porfiada Irene» («My man Godfrey»), con William Powell y Carole Lombard, una comedia brillante en los años de la Depresión, sobre una mujer adinerada y ociosa que se enamora del marginal al que contrata como mayordomo. Lo que más me atrae de ese cine, y que de alguna forma intento imprimirle al mío, es su superficie liviana y cómica, pero que oculta una gran tragedia detrás. Otro cine que suele hacer una buena combinación de ambas caras de la realidad es la pantalla italiana de los años 60, los films de Dino Risi por ejemplo, las comedias con aquellos « monstruos» que fueron Tognazzi, Gassman o Manfredi.


P.: Daniel Auteuil
, justamente, es el actor francés que mejor se adapta a la comedia y al drama. ¿Es la primera vez que trabaja con él?

P.S.: Sí, es un magnífico actor. A lo largo de mi carrera, sin embargo, he preferido contar con intérpretes menos conocidos. En casi todas estuvo, por ejemplo, mi amigo Guillaume Depardieu. Eso es algo que, si bien representa menores posibilidades comerciales, a mí me da mayor libertad creativa, lo que no quiere decir que en «El restaurante» no la haya tenido. Pero, por supuesto, nadie ignora que cuando se manejan presupuestos más elevados, en producción y cachets, se intenta que los riesgos sean menores. «El restaurante» ya es un film de 7 millones de euros.


Entrevista de Marcelo Zapata

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