30 de noviembre 2000 - 00:00

"La emoción estética es la religión del siglo XX"

El escritor Manuel Vicent.
El escritor Manuel Vicent.
(29-11-00) La nueva novela del escritor español Manuel Vicent, «La novia de Matisse» (que acaba de distribuir Alfaguara), cuenta una historia que mezcla pasión romántica, literatura fantástica y novela policial utilizando como telón de fondo las artes plásticas y su negocio: los artistas, los coleccionistas y los marchands. Con su experiencia de crítico de arte en varios periódicos españoles, asesor artístico a nivel internacional y dueño durante un tiempo de una galería de arte, Manuel Vicent refleja en su novela sus gustos al mencionar a Matisse, Giacometti, Picasso (con quien se permite algunos sarcasmos) o Modigliani.

El novelista considera que hoy la compra de una valiosa obra de arte otorga fama al instante (el comprador sale en los diarios, es recibido por gobernantes, fundaciones y directores de museos al instante) y es, por lo tanto, una buena inversión, aunque sea en sentido publicitario; algo que supo utilizar una empresa japonesa que señó un Van Gogh, salió en los diarios del planeta y luego lo devolvió. Dialogamos con Manuel Vicent, que también comentó sobre la película que está realizando Bigas Luna con su exitosa novela anterior «Son de mar».

Periodista: ¿Por qué ahora publica una novela sobre el mercado del arte, los marchands y los coleccionistas?


Manuel Vicent:
Porque lo conozco. Fui critico de arte en un diario hace tiempo, luego fui galerista y he sido asesor artístico. Y por haberlo conocido sé que es un mundo lleno de especuladores, pícaros, ladrones, críticos y consumidores, pero lo fundamental es la pasión, la obsesión, la locura del dinero, no de un dinero especulativo sino como un vehículo de posesión de la belleza. Se dan, por tanto, todas las características para que se pueda tramar un buen relato.

P.: ¿Qué es «La novia de Matisse»?


M.V.:
Es la historia de una pasión, y de una energía del arte, unido al destino de una mujer, maneja la idea de si esa energía es capaz de hacer a una persona inmortal, porque la belleza no está en la obra sino en la sensibilidad de quien la contempla.

P.: ¿Ese deseo de posesión por qué se da para usted?


M.V.:
El coleccionismo es una pasión muy obscura que contiene un deseo de tener el mundo y ordenarlo. Lo evidente es que los coleccionistas no se suicidan porque siempre les falta la última estampilla, el último libro, el último cuadro. Si encima, en el caso del coleccionismo de arte, lo que se quiere es apropiarse de la belleza, creo que da pie a una buena historia.

P.: ¿Por qué la historia gira en torno a un cuadro de Matisse?


M.V.:
En las primeras páginas se cuenta de una mujer que tiene una enfermedad terminal, aguda e incurable, y el marido, que es un coleccionista extraño, porque no es ni un nuevo rico ni quiere lavar dinero sino un rico desde hace tiempo, compra un Picasso a un marchand y le propone que el vendedor se acueste con su mujer. Siente que la agonía en que ella vive tiene dos vía de salvación: el eros, el sexo, el amor y la belleza del arte, dos vías de salvación que se van entrecruzando a lo largo del relato. Y Matisse, aparte de que me gusta mucho, es el que mejor transmite ese gozo de vivir con su plástica de la dicha, de las sensaciones inmediatas convertidas en colores. La obra hace referencia a la adolescente que observa la danza en el cuadro «La alegría de vivir», cuadro que transmite sensación de inmortalidad, y que en un primer momento se llamó «El paraíso curativo». Es una especie de pastoral que ofrece una sensación de dicha y de inocencia preternatural, más acá de cuando la culpa se instaló en la conciencia humana. No podía ser, entonces, otro cuadro.

P.: ¿Cómo encontró a sus personajes?


M.V.:
Quería describir tres tipos distintos que se dan en el arte. El coleccionista puro, un hombre pudiente y que busca sanar su dinero convirtiendo ganancias de la exportación de tripas de res en un Monet o un Chagall. Compra por amor a su mujer pues observa que la energía que transmiten las obras de arte la empieza a curar. La mujer, la protagonista, pasa de ser una neófita, al punto que confunde la estética con un salón de belle-za, a ser una perfecta entendida, es alguien que por el arte inicia un camino de perfección. Es que al arte no se llega por la inteligencia sino por la sensibilidad. Cuando alguien dice ese cuadro no lo entiendo se equivoca, la palabra entender no está hecha para el arte, la vía es el refinamiento interior, la sensibilidad y la emoción estética. Luego está el marchand como guía en ese laberinto, no es un marchand excelso, tampoco un miserable, es un peso medio que sirve de conexión entre los altísimos marchands que dirigen el mercado, pueden imponer el gusto y convertir obras de falsas en verdaderas, y el mundo de los chamarileros.

P.: ¿En ellos centra toda la acción?


M.V.:
Hay personajes secundarios que entran y salen. Una novela es como las películas americanas que son buenas porque los personajes secundarios son los mejores.

P.: El tema de la mutación por la obra artística recuerda a «El retrato de Dorian Gray» de Oscar Wilde...


M.V.:
Es un tema recurrente en la narrativa: el sortilegio, la belleza terapéutica. Hay un famoso verso de Keats sobre como la belleza cura. Creo ofrecer una mirada nueva sobre ese tema. Esa especie de quimioterapia por la energía artística se deriva de la imagen de una adolescente y acaso, como en Wilde, hay esa transmisión de la vejez o la enfermedad a la obra. Creo que la emoción estética en el siglo XX ha sustituido a la religiosa, y por eso puede ofrecer una forma de redención.

P.: ¿Por qué ha pasado a un estilo llano?

M.V.:
Tengo tendencia al barroco, al adjetivo, al adorno formal, pero en este caso me propuse escribir un relato limpio, directo, absolutamente narrativo, donde los hechos emerjan a la superficie, y ha sido como arrancarme la piel. El tema es suficientemente laberíntico, mágico, para que lo oscureciera formalmente. La sencillez potencia la historia porque el lector está pendiente de lo que sucede y no de cómo. Un cuento tiene que ser perfecto, no puede fallar en nada, todo tiene que estar relacionado con todo, como en las películas. No se puede decir: Julia se acercó a la venta, encendió un cigarrillo y vio pasar un coche, sino es que ese coche, ese cigarrillo, ese mirar por la ventana significan algo. En una novela no, es bueno que un persona-je mire por la ventana y vea pasar un coche porque la vida es así, se mira por la ventana ver pasar un coche y no significa nada. Esto es aún más válido en una novela larga donde debe haber instantes aburridos para que la tensión del lector se relaje, porque no se lo puede tener en tensión continua. Esa tensión se mantiene cuando se es perfeccionista, cuando se escribe demasiado bien. Se somete al lector a la belleza del párrafo y eso lo tolera en un folio, en dos, pero luego produce un cansancio enorme, el lector ve el artificio, el esfuerzo del autor por estar a una altura. Allí importa menos lo que se dice que cómo se dice.

P.: ¿Cómo se notan esos artificios?


M.V.:
Hay autores, algunos muy grandes, a los que enseguida se les descubre el truco, y entonces se los puede abandonar porque ya no sorprenden. Están los que se les descubre el truco cuando ya se ha devorado su obra, desde el más allá, o desde el más acá, parecen decir: me has descubierto, pero te lo has tragado. Por último están aquellos a los que nunca se les descubre el truco que utilizan para contar una historia y fascinar al lector. A Shakespeare por más que se lo lea y relea no se le descubre el truco, lo mismo me pasa con «Pedro Páramo» que ofrece una vibración cambiante de las palabras en cada lectura.

P.: Su novela parece inclasificable: ¿es policial o fantástica?


M.V.:
Diría que es de misterio, pero no de misterio policial, tampoco es un relato mágico, palabra que detesto por lo que ha hecho en la literatura de Latinoamérica. Es de misterio pero en sentido griego, es decir: un camino que pone en contacto con fuerzas trascendentes a través de determinados ritos, dados por alguien que, en posesión de arcanos, entrega las llaves para que, al ejecutarlos, se ingrese a un universo trascendente, de belleza que salva. En «La novia de Matisse» hay un sacerdote, el marchand; alguien que paga, el coleccionista y una médium, la protagonista. Pero estas ideas acaso sean pretenciosas.

P.: ¿Qué pasa con su novela anterior, «Son de mar», que Bigas Luna está convirtiendo en una película?


M.V.:
La están rodando ahora mismo en una pequeña ciudad del Mediterráneo, la misma de la novela. Rafael Azcona ha hecho un guión muy realista, abreviando aquí y allá mi obra. Bigas Luna puede caer bien o no, lo que no deja es indiferente. Yo no quiero meterme nunca, porque la película es de ellos; pero Bigas me suele consultar. Vamos a ver si tienen suerte, porque esto de las películas es un juguete caro. No hay que ponerse trascendente, no hay que perder el aire farandulero, porque las películas son un divertimento, una cosa de locos, y aun las dramá-ticas deben de contener esa diversión, esa alegría.

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