«Madre Teresa y los niños del mundo». Espectáculo de M. Béjart. Músicas varias. Vest.: A. De Georgie. Int.: M. Haydée y la Compagnie M. (Luna Park, 20/6.)
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Este espectáculo no quedará registrado en la historiadel ballet como un aporte trascendente del coreógrafo marsellés Maurice Béjart. Lejos de obras como «Sinfonía para un hombre solo», «Nuestro Fausto», «Bolero» o «Amor de poeta», que significaron hitos de la danza contemporánea de los últimos 40 años, en las que Béjart aparecía como un creador de imaginación desbordante y sana transgresión.
Ahora, ante esta «Madre Teresa y los niños del mundo», como ya sucedió con la última creación del artista vista entre nosotros («Che, Quijote y bandoneón), el público debe sentirse defraudado, aunque algunos aplaudan a ojos cerrados. Es que se trata de un espectáculo que si bien lleva la marca Béjart (esa mezcla de baile y discursos) aparece como una propuesta filosófica algo hueca, que toma prestadas frases de personajes célebres (antes, el Che Guevara y Cervantes, ahora la Madre Teresa de Calcuta) para reemplazar con ellas, en tono sentencioso y «comprometido», aquello que la danza no puede mostrar por su naturaleza o por una carencia de ideas estéticas genuinas.
A los 76 años. Béjart entrega esta suerte de homenaje a la religiosa, que estructura en cuatro escenas de lenguaje contemporáneo y atmósfera minimalista.
Obra de cámara para 15 bailarines y una solista ( Marcia Haydée), con músicas que van desde composiciones hindúes al barroco y al clasicismo (algo de Haendel, la Séptima de Beethoven) y muchos textos de la Madre Teresa, dicho por los miembros del cuerpo de baile o Haydée.
La «Compagnie M» está formada por esbeltos y disciplinados jóvenes provenientes de la escuela Mudra que hacen lo que Béjart les pide: mucha acrobacia y presencia energética. Con eso rodean a Marcia Haydée, quien conserva aún su fascinante personalidad, aunque su trabajo se limite a caminar, eventualmente correr por el espacio escénico y recitar textos.
A pesar del escaso valor de la obra, hay momentos en los que se vislumbra al Béjart de otros tiempos: una danza con estacas de madera y la escena final con la Madre Teresa de rodillas y con la cabeza apoyada en el piso. Una imagen ecuménica de la humildad, acorde con la economía de recursos escénicos y de ideas coreográficas que posee la obra.
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