2 de noviembre 2000 - 00:00
"LA LEYENDA DE 1900"
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La línea argumental de «La leyenda del 900» podría parecer atractiva en una sinopsis, pero puesta en imágenes, y sobre todo en este tipo de imágenes, bamboleantes y pesadas, se hunde sin remedio. Dificultosamente la música del gran Ennio Morricone mejora un poco las cosas, lo mismo que la agradable fotografía de Lajos Koltai.
La película cuenta la historia de Novecento, el bebé que un marinero negro del trasatlántico Virginia encuentra abandonado a bordo, y a quien bautiza de ese modo por coincidir su aparición con el inicio del siglo.
El marinero muere rápidamente y Novecento se cría en la nave, que hace incesantemente el trayecto entre Génova y Nueva York no falta, como es de rigor, la escena de la llegada de los inmigrantes ante la Estatua de la Libertad, y pronto se va convirtiendo, sin que la película explique nunca cómo, en un virtuoso del piano.
Su digitación hace las delicias de los elegantes pasajeros de primera clase (entre quienes viajan las grandes celebridades del siglo con las que se saca fotos, igual que Zelig) y ameniza también las penurias de los sumergidos en la tercera. Es un hombre bueno, despojado de toda sombra de narcisismo, que hasta destruye el único disco de pasta que le graban (aunque nunca falta un Max Brod que salve el legado...).
Sin embargo, Novecento, interpretado por Tim Roth (a cuya brillante carrera este papel no agregará por cierto demasiado lustre), tiene un capricho: nunca pisa tierra. No queda claro si eso es algo bueno o malo, una virtud o una perversión, pero es así. No se baja nunca del barco, ni siquiera por esa mujer rubia que le sonríe y a quien la cámara de Tornatore hace lucir, en cubierta, tan luminosa y angelical.
La duración italiana original de 2 horas 40 se reduce aquí a las más piadosas 2 horas de la versión internacional. Sólo una escena, entre todas, pudo haber justificado el film: el duelo pianístico con Jelly Roll Morton. Pero Tornatore, tan sensible e incontinente, también llena esa escena de lágrimas.



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