28 de junio 2001 - 00:00

"La libertad"

La libertad.
"La libertad".
Este sobrevalorado registro, levemente ficcional, de un día en la vida de un joven hachero de las pampas, que hace su trabajo, sus necesidades, etc., y termina matando y comiendo una mulita, quizá tenga como mayor mérito el haber alcanzado, en algunos tramos, una especie de cualidad hipnótica, sobre todo cuando por largos minutos el joven busca algo por el suelo (¿acaso el guión de la película? nunca lo sabremos). Cualidad, la del hipnotismo, que disminuye a medida que el interés inicial del espectador se convierte en cansancio y fastidio. Otro mérito es que dura 73 minutos, pero bien pudo durar la mitad. En cuanto al título, deja pensando.

Llaman la atención, eso sí, el contacto con la tierra, la descarga de energía de los hachazos, el trabajo de sonido, los pocos datos que surgen de unas muy breves conversaciones (una de ellas, por teléfono), y lo apacible del campo, así como lo que podríamos llamar el punto de vista de la mosca: mientras nuestro personaje duerme la siesta, la cámara viaja en vuelo libre, y se oye un zumbido de mosca, en una toma linda, pero poco justificable. No todo en esta película puede justificarse, por ejemplo la ubicación de la cámara, pero a fin de cuentas es la obra de un joven debutante, hecha con dos pesos, y con más intuición y antojo que otra cosa.

Sin novedad

El problema es que el espectador paga ocho pesos, y ni siquiera se trata de algo realmente novedoso. A nivel ficcional, están los lentos -y enteramente hipnóticos-films del lituano Sharunas Bartas vistos en anteriores festivales marplatenses (casualmente, lo último de Bartas, visto en Venecia 2000, también se llama «Libertad»).

A nivel documental, están el corto «Hachero nomás» (c. 1966), de estudiantes de la Universidad del Litoral, y el emotivo «Los hijos de Zerda» (1978), de Jorge Prelorán, precisamente sobre un hachero pampeano (después Prelorán hizo otro, sobre un hachero y poeta de Oregón, «Luther Metke at 94», que fue candidato al Oscar).

Y a nivel de experimento minimalista, ya en los '70 cierto aficionado famoso atormentaba al público de Villa Gesell con un corto de veinte minutos sobre un tornero en el torno, otro de veinte siguiendo a un colectivero, etc. Lo realmente novedoso de este film es la manija que tiene. Por manijas como ésa, el público termina desconfiando de las películas argentinas, de los críticos y de los festivales.

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