20 de abril 2001 - 00:00

La madurez de un gran artista

La XV Temporada anual del abono Harmonía, que la Fundación Cultural Coliseum organiza en su propio teatro, se inició con algunos claros en la platea y las localidades altas casi desiertas, producto de la recesión que no termina. Porque la oferta musical era de primera, tanto por la calidad de los artistas como por las obras del programa, de irresistible atractivo.

En su violín Guadagnini, de sonido mate y aterciopelado, «decidor» e íntimo, Boris Belkin tocó poéticamente la Sonata N° 5 en Fa Mayor Op. 24 «Primavera», de Ludwig Van Beethoven. En un plano parejo de excelencia, el pianista Alex Warenberg es un camarista consumado, preciso y musical que compartió responsabilidades con eficacia toda la noche.

La sangre rusa que corre por las venas de ambos músicos entró en ebullición, fue con la Sonata N° 2 en Re Mayor Op. 98, de Sergei Prokofiev, más difundida en su versión para flauta y piano, que conoció su versión definitiva por Martha Argerich y James Galway. Su rítmica excitante e insinuaciones de folklore ruso fueron expuestos con maestría. Esta velada fue una privilegiada ocasión para disfrutar una hermosa partitura de Brahms que rara vez se ejecuta, el Trío en Mi Bemol Op. 40; para su interpretación con el debido equilibrio sonoro se contó con la participación del cornista Danilo Marchello, técnicamente sólido e inteligente en la administración del «fiato».

Los tres músicos se unieron para servir a Brahms y despertar bellas imágenes bucólicas, penas y alegrías, y su intenso amor por la naturaleza. Esta es la sexta visita de Belkin y, ya en plena madurez, no necesita mostrarse como un virtuoso, sino como un músico consumado y profundo que honra a la música de cámara.

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