En su segundo film como director, Víctor Laplace vuelve a un cine popular y temática interesante, pero distancia al espectador con diálogos teatrales y exceso de pintoresquismo.
«La mina» (Argentina, 2003, habl. en español). Guión y dir.: V. Laplace. Int.: V. Laplace, N. Briski, H. Padilla, E. Wexler,J.P. Noher, S. Blanco Leis, D. Romero.
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La segunda película de Víctor Laplace como director, confirma ciertas líneas temáticas y narrativas ya apreciadas en su debut con «El mar de Lucas»: un cine de reclamo popular, producido en el interior (para ser exactos, en el partido de Tandil de donde es agradecidamente oriundo el autor), con un tono de épica familiar, elogio de la amistad, y problemática nacional, donde de modo alegórico se da el choque entre quienes aún persisten en un ideal de riqueza sólo alcanzable mediante el trabajo, y quienes viven de robarle a los que trabajan.
En aquel film, padre e hijo se reconciliaban y se unían tras el sueño filial de convertir en lago toda una hondonada, para lo cual, desgraciadamente, necesitaban el dinero y las autorizaciones que sólo un burócrata interesado podía acercarles... apropiándose de su esfuerzo. En el que ahora vemos, el sueño es hacer rendir nuevamente un yacimiento abandonado, pero acá la hija, largamente resentida, sólo quiere irse a otra parte, los amigos se han reducido al mínimo, el lugar es inhóspito, y la mina francamente no tiene nada redituable.
• Ambiente
Todo está seco, incluso el alma de unos cuantos, y nadie escucha siquiera la ínfima radio del lugar, esfuerzo unipersonal del novio de la hija (eco quizá del amor que ésta tuvo hacia su padre, porque él es también un soñador solitario a quien nadie escucha). Del otro lado, un burócrata viene a cobrar el derecho al trabajo, una madama se siente dueña del pueblo, y sus parásitos la acompañan. Ya saldrá ella a reclamar supuestos derechos, cuando advierta una posible ganancia en la vieja cueva de los mineros.
Pero entre medio también hay gente. Antiguos trabajadores felices de sentir nuevamente un entusiasmo, aunque sea ilusorio, un viejo compañero de andanzas, capaz de alguna trampita para mantener esa ilusión, y el joven de la miserable funebrera, radiante al conseguir, tras gran paciencia, el cariño inocente de una muchachita prostituida. Es destacable esa parte, donde lo que pasa está apenas sugerido, con sencillez y discreción.
También destacables, por ejemplo, una escena silenciosa tras la muerte de alguien, un generalizado color de polvo y piedra, la caracterización del protagonista, luciendo el pelo descuidado, las arrugas, y la mirada de un laburante que se pasó la vida orgulloso de serlo, y el desenlace justo, donde ha de surgir, de modo inesperado pero bienvenido, el oro de estos tiempos.
Lástima, sin embargo, algunos vaivenes del relato, los gritos más bien teatrales y no siempre justificados que pueblan algunos diálogos, y ciertos excesos de pintoresquismo, acordes quizá con la intención alegórica, pero que en buena medida terminan distanciando al espectador. P.S.
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