12 de octubre 2005 - 00:00
"La novela histórica ahoga a lo narrativo"
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«Hoy, como
en tiempos
medievales,
hay un
combate
entre la
regresión y la
democratización,
entre
la ley y la
violencia»,
sostiene la
escritora
española
Rosa
Montero.
Periodista: ¿Le llevó ocho años ésta novela?
Rosa Montero: Una novela no se escribe sólo mientras se teclea en la computadora sino, sobre todo, en la cabeza. Por lo menos ése es mi método. A mí se me ocurre una primera idea y voy desarrollándola durante años mentalmente y tomando notas en libretas, hasta tener toda la historia, la estructura, los personajes, incluso fragmentos enteros escritos en cuadernos. Ahí es cuando me siento a la computadora.
P.: ¿Cómo se lo ocurrió escribir una historia medieval?
R.M.: Hará unos diez años tuve una temporada de pasión lectora por los libros de historia medievales y de autores medievales como Chrétien de Troyes o María de Francia. Ahí se me ocurrió la novela. Empecé a tomar notas y a desarrollarla, y el proceso ha sido más largo que en otros libros míos. Hará dos años, decidí que la historia estaba madura, pero entonces tuve que releer casi todos aquellos libros que había leído años atrás, tomando notas, porque mi primera lectura fue por placer.
P.: ¿Por qué dice que éste es el libro que toda su vida quiso escribir?
R.M.: Porque está en la huella que dejaron en mi corazón y mi cabeza los maravillosos libros de aventuras con los que aprendí a amar la literatura y a entender un poco el misterio del mundo. Esos libros primordiales que me hicieron ser en parte lo que hoy soy. He intentado acercarme a ese sentimiento, a esa emoción esencial, a ese dibujo básico y metafórico de la vida.
P.: ¿Cómo relaciona un mundo lleno de caballeros, superstición y magia con la racionalidad del siglo XXI?
R.M.: Yo soy así, tengo una parte tremendamente racional, y otra muy loca y muy fantasiosa. Para mí la vida está compuesta de esas facetas, y no tengo ningún problema en habitar en uno u otro lado de la realidad.
P.: ¿Por qué niega que «Historia del Rey Transparente» sea una novela histórica, y la define como de aventuras y fantástica?
R.M.: Habitualmente se entiende como «novela histórica» a esos libros que son como «dramatizaciones» de períodos históricos. Me encanta la historia, pero la de verdad, es decir, los libros de historia, y no el género de novela histórica, porque me parece que el corsé de datos ahoga el aliento narrativo. Eso sí, hay novelas maravillosas ambientadas en otras épocas, como «Yo, Claudio», de Graves, o «Juegos Funerarios», de Mary Renault, a las que no considero novelas históricas, porque el afán no es explicar cómo era el mundo de la antigua Roma o el efímero imperio de Alejandro el Magno, sino que aspiran a explicar cómo es el mundo, sin más. Es decir, aspiran, como cualquier otra novela, a poner un poco de luz en las tinieblas de la vida. De toda vida, de nuestra vida.
P.: ¿No relacionarán su obra con bestsellers que también tratan de los templarios, la Edad Media y los cruzados...?
R.M.: Tengo la soberbia de creer que «Historia del Rey Transparente» es suficientemente original como para que quienes la lean se den cuenta de que mi libro es algo distinto.
P.: ¿Qué le prestó de sí misma a la protagonista?
R.M.: Los novelistas somos los primeros en no saber bien qué estamos escribiendo. Uno escribe de lo que no sabe que sabe. La novela comienza diciendo: «Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva y soy libre». Hace unas semanas me di cuenta de que esas frases eran en realidad una metáfora de mi vida. Y no sólo de la mía, me parece, sino de la de muchas mujeres. No lo advertí hasta hace unos días.
P.: En su novela los personajes femeninos son mucho más ricos que los masculinos...
R.M.: No estoy de acuerdo. Hay personajes masculinos que me encantan, hermosos y positivos, como el Maestro Roland, que le enseña a combatir a Leola, o como el caballero de Ballaine, que le enseña lo que es una vida y una muerte dignas. Y sobre todo León (me encantaría tener un León en mi vida), el contratipo positivo de Dhuoda.
Ambos han tenido un pasado cruel, y mientras Dhuoda hace de su dolor una excusa para su maldad, porque cree que su sufrimiento le da derecho a todo, León convierte su dolor en sabiduría y compasión. Son dos ejemplos opuestos de cómo los humanos podemos hacer frente a nuestro sufrimiento. Eso sí, la protagonista absoluta de la novela es una mujer. Pero me desespera que, cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, todo el mundo piense que está escribiendo sobre mujeres, mientras que cuando un hombre escribe una novela protagonizada por un hombre, piensen que está escribiendo sobre el género humano.
P.: En su novela describe un mundo que se está reinventando, tan incierto como es el nuestro.
R.M.: Nuestro momento actual tiene mucho que ver con la época que describo, son mundos de trinchera en los que hay un combate en marcha entre la luz y las tinieblas, entre la regresión y la democratización, entre la ley y la violencia.
P.: ¿Qué poder tiene hoy la palabra?
R.M.: Es lo único que tenemos, lo que nos diferencia de los otros animales, el principio de lo que somos. La palabra construye mundos, pero también infiernos. Como digo en la novela, las hogueras de la represión no quemarían y el hacha del verdugo no cortaría si no hubiera antes palabras malas, palabras mentirosas que envenenan todo. No creo que hoy la palabra esté más o menos devaluada que antes... siempre ha habido esa tensión entre la palabra verdadera y honesta y la palabra mentirosa, banal o criminal.
P.: ¿Sigue odiando al «escritor comprometido»?
R.M.: Me parece ridículo que el novelista tenga que tener más compromiso que un zapatero, o que sus opiniones sobre la situación política tengan que ser más atinadas. Todos conocemos a maravillosos novelistas que son unos zopencos en el análisis de la realidad. Para mí el compromiso del escritor es escribir de la manera más honesta, más libre, más necesaria posible. Y escribir aquello que de verdad necesita escribir, intentando permanecer al margen de las presiones comerciales, la vanidad, el ansia de poder y demás.



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