El film de Raúl Etchelet cuenta la vida artística de la inolvidable Niní Marshall con ingenio y creatividad, y si bien el material de archivo es técnicamente desparejo, los fragmentos están muy bien elegidos.
«La película de Niní» (Argentina, 2005, habl. en español). Guión y dir.: Raúl Etchelet. Documental.
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Para casi todos los hispano-hablantes del siglo pasado y su prole, Niní Marshall es única. Poniéndose a su altura (no es chiste) este documental también es único. Cuenta toda su vida artística, pero no al modo estándar de las docubiografías de cable, muy buenas pero todas iguales, contenidas, y medio asépticas (o ascéticas, bien vale el término). Al contrario, «La película de Niní» la cuenta con creatividad, ingenio, gracia, ternura, cariño, y un espíritu cómplice, comprensivo, afectuoso pero nada empalagoso, historiador pero no cansador.
Pero no es único solo por eso. Técnicamente (hay que ser francos) el material de archivo que con gran esfuerzo pudo recuperar es medio desparejo. Pero en cambio el conjunto es cálido, muy dinámico, y lógicamente divertido, con fragmentos muy bien elegidos, buenas alusiones, y pudorosas elusiones, que son, siguiendo la rima, verdaderas lecciones de cómo dar a entender elegantemente ciertas cosas, sin caer en la politiquería, la guarangada, o el patetismo de decirlas.
Cosa notable, acá la nostalgia no es un peso muerto, sino un presente, dicho en todos los sentidos, y en un único tiempo verbal. «Bienvenidos a la fiesta, las tardes son de cine, las noches de teatro y cabaret, aunque en las mañanas se deba llegar temprano al trabajo. La gente llena los restaurantes y los bares, la milonga y las escuelas. Los trenes atraviesan campo llevando la producción a los puertos, hay un teatro y un cine en cada pueblo, y en aquella pantalla en blanco y negro las estrellas de fama breve sonríen inalcanzables para la gente común que sueña vidas ajenas», lee Enrique Pinti en off una página de la biografía de Niní que ha escrito Raúl Etchelet, asimismo autor de esta película. Pinti es el narrador adecuado. Se lo sabe admirador y continuador de nuestras glorias del espectáculo, revisor de nuestra historia, y además su estilo sintoniza con el de Etchelet, rápido, medio periodístico, ideal para equilibrar con la inmediata nostalgia que convocan-apenas empieza la película- la voz de Niní, ya viejita, en un contestador, y las viejas cortinas radiales que de inmediato despiertan la memoria emotiva del público.
Por supuesto, predomina la emoción, la hogareña nostalgia por una actriz, un país, y un tiempo, que se han ido. Y domina a la vez el argentino orgullo de haberlos conocido. Se imponen, pero no al final, sino durante toda la proyección, las lágrimas, las risas y sonrisas, y los aplausos, que en muchas funciones son «a telón abierto». Esto es lo que se llama único. Realmente vale la pena.
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