"LA PROMESA"

Espectáculos

El año pasado, Pedro Almodóvar vio cómo la Palma de Oro de Cannes, que medio mundo daba como segura para «Todo sobre mi madre», se le iba de las manos, y caía en las de Luc y Jean-Pierre Dardenne, dos belgas prácticamente desconocidos, que para colmo tenían la caradurez de haber presentado un simple drama neorrealista con actores amateurs, «Rosetta», sobre una chica vulgar, obsesionada hasta la desesperación por conseguir algún trabajo, película que, encima, también se llevó el premio a la mejor intérprete femenina.

Dicho sea de paso, Arturo Ripstein, que había presentado «El coronel no tiene quien le escriba», también estaba ofendido. «Si premian a una chica por hacer de chica, bien hubieran premiado a mi gallo, que hace muy bien de gallo.» ¿Pero quiénes son estos hermanos Dardenne, que así han pasado por encima de otras figuras más conocidas y prestigiosas?

En forma sintética, puede decirse que hacen documentales y largometrajes desde por lo menos veinte años atrás, y que, a juzgar por el tercer largo, «La promesa», que ahora vemos, inmediatamente anterior a «Rosetta», francamente son dignos de atención.

«La promesa» es, en su mero aspecto argumental, un duro drama de actualidad, sobre un chico de 14 años, muy despabilado, que ayuda a su padre a explotar inmigrantes ilegales: entrada al país, papeles falsos, alquiler de piezas infectas, trabajo en negro dentro del rubro de la construcción, en fin, toda la cadena, incluyendo si es necesario, su entrega a la policía, o las redes de prostitución, pero nunca, ni por milagro una cobertura médica en caso de accidente.

Hasta que uno de ellos, al morir, le encarga al chico el cuidado de su esposa y su hijo, con lo cual el muchacho arriesga ponerse en contra de su compinche, padre y maestro, que tampoco es del todo un mal tipo. Así contada, esta historia puede sonar bastante tremendista y poco atractiva.

Lo interesante es cómo los
Dardenne la cuentan, mediante un raro equilibrio de ritmo acelerado, energía continua, y sentido de la discreción. Su cámara es respetuosa, casi pudorosa, su montaje deja apenas el hueso de cada situación, salteando nerviosamente todo aquello que cualquier espectador pueda dar por sobreentendido, o por reiterativo, y los nervios de los personajes y los espectadores se crispan naturalmente, y al unísono.

Al prenderse las luces, queda la sensación de haber estado con el corazón en la boca, como ante cualquier película de acción, pero esta vez ante una película que transmite, casi a todo lo largo, una inquietante sensación de verdad, y de universalidad. A fin de cuentas, sólo sería cuestión de cambiar croatas o gabonianos por paraguayos o bolivianos, ya que aquí también pasan cosas parecidas.

Es ese estilo, ese nervio, y la evidencia de un compromiso con su época, lo que impresiona en estos autores, y los hace dignos de respeto, aunque aún no sepamos si también eran dignos de aquella palma de oro.

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