23 de septiembre 2004 - 00:00

La traición de Gatúbela

El atuendo sadomasoquista no debe llamar a engaño: Gatúbela es ahora un personaje de buen corazón.
El atuendo sadomasoquista no debe llamar a engaño: Gatúbela es ahora un personaje de buen corazón.
«Gatúbela» («Catwoman», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: Pitof. Int.: H. Berry, B. Brat, S. Stone, L. Wilson y otros.

La actriz afroamericana Halle Berry interpreta en este film a una ciudadana felino-americana respetuosa de la ley. Decir que hace de Gatúbela sería tan discriminatorio como inexacto: del viejo personaje creado por Bob Kane sólo sobrevive, además del apodo y el reconocimiento en los créditos, el disfraz de cuero oscuro ligeramente sado-maso, rastros de una tradición tan extemporánea en esta nueva adaptación. Antigua fantasía erótica reprimida de Batman -y objeto, por tanto, del odio celoso de Robin-, la villana-gata fue adquiriendo, a lo largo de los años y de las actrices que la intepretaron ( Julie Newmar, Eartha Kitt y, más recientemente, Michelle Pfeiffer entre las más famosas) las más divertidas caracterizaciones. Hasta llegó a ser espía soviética en la versión para cine de «Batman» en 1966. Pero nunca, en cambio, tuvo una resurrección tan filantrópica e injustificada como la de ahora. Tan aburrida. ¿Por qué no haber creado, directamente, un nuevo personaje, en lugar de convertirla al bando de los bienhechores?

Gatúbela
ya no es más Selina-Kyle; ahora se llama Patience-Philips, no vive en Ciudad Gótica sino en Nueva York, y es empleada en el departamento de publicidad de una empresa de productos de belleza comandada por dos crápulas de manual, Sharon Stone y Lambert Wilson. Como la buena de Patience descubre un terrible secreto empresarial que amenaza a los consumidores, los guardias de seguridad la matan. O casi, porque a último momento un gato que ella antes había salvado, de dinastía tan egipcia como los Patoruzek, la regresa a la vida en forma de Gatúbela (también podría haber reencarnado en la Chacha, lo mismo daba).

La dirección frenética, estilo MTV, del señor Pitof («Alien: resurreción», «Vidocq»), sumada al aporte de la sección de efectos especiales, no hacen más que subrayar la sensación de ridículo. Patience sigue siendo la misma «progre» neoyorquina pero ahora luce uniformada, duerme en las repisas, come pescado (sushi, desde ya) y trepa por tejados y paredes. Su misión justiciera, sin embargo, no le impide continuar el romance que ya sostenía con un policía (Benjamin Bratt) en su existencia pregatuna.

El enfrentamiento final, una lucha cuerpo a cuerpo con Sharon Stone, tiene la misma carga erótica que un combate de relleno en «Titanes en el ring»: la Warner indicó a los responsables de este film que lo quería «apto para todo público», de modo que ni siquiera queda esa recompensa. ¿Cabrá esperar ahora un Guasón militante de los derechos humanos, un Pingüino comprometido con Greenpeace?

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