27 de abril 2000 - 00:00

"LA ULTIMA PUERTA"

A l os 32 años, el bebé de Rosemary, a quien salvo en ciertas circunstancias le debe molestar que lo sigan llamando así, ha de seguir viviendo con seguridad en Nueva York (lo más probable es que haya abandonado el edificio Dakota y se haya establecido en algún penthouse del Upper East Side); gracias a la sabiduría de su padre, y a sus propios méritos, debe tener un pasar más que aceptable, y en materia cinematográfica se lo puede imaginar disfrutando películas familiares y cómplices como «El abogado del diablo» y «Corazón satánico». Sin embargo, «La última puerta» lo debe haber decepcionado. El director Roman Polanski está viejo, y se le nota, y además Arturo Pérez Reverte, en cuya novela «El club Dumas» se apoya el nuevo film, no es Ira Levin, lo que también se nota. «La última puerta» empieza como un film fantástico new age, con momentos ciertamente atractivos, pero empieza a derrumbarse de a poco y termina como una de esas mediocres películas sexoleras demoníacas que tanto se filmaban en los años setenta en Italia. Es verdad que una gran parte de la secuencia final, con Frank Langella como maestro de ceremonias de una fiesta negra, puede recordar bastante al Kubrick viejo verde de «Ojos bien cerrados», pero eso no le suma mucho a la película. Todo lo contrario.
La trama de «La última puerta» no le escapa a una reconocible marca de las novelas de su autor: está repleta de ingredientes «cool» (en este caso los incunables, la demonología, los lenguajes cifrados, las librerías de viejo del Village, las mujeres fatales, las misteriosas y guardianas, etc.), pero erráticamente combinados y, finalmente, de insatisfactoria resolución. No falta nada, está todo allí, pero no funciona.
Johnny Depp es Dean Corso, fachada de intelectual y corazón de mercenario: un taciturno hurgador de manuscritos y libros antiguos, cuyo único fin es lucrar con la diferencia que pueda hacer entre sus adinerados clientes. Langella, en quien Polanski tal vez haya querido recrear algunos rasgos del John Casavettes en «El bebé...» (o algo así), es un profesor vicioso que quiere encontrar los otros dos ejemplares de un libro denominado «Las nueve puertas del reino de las sombras» (el que completa la trilogía ahora lo tiene él), y elige a Corso como su mandadero en Europa.
Como pronto se sabe, la pesquisa no tiene exactamente un fin bibliófilo, sino que hacen falta esos tres ejemplares para llegar a la combinación luciferina que tanto ansía el profesor. Aunque la arriesgada búsqueda de los ejemplares faltantes comporte más emoción y tenga más claves secretas que una recolección de tapitas de gaseosa con premio, el fin último es bastante impreciso, además de tedioso. Lucifer tendrá sus razones, pero no quedan demasiado claras.
Johnny Depp corre muchos peligros pero tiene sus compensaciones: en su búsqueda se cruzará, en más de un sentido, con la espectacular sueca Lena Olin, viuda de un coleccionista que murió por un sospechoso suicidio, y con su «ángel guardián» Emmanuelle Seigner, que se encarga de protegerlo con métodos heterodoxos -aunque bajo la mirada atenta de su esposo, el mismo Polanski-. En definitiva, un film para satanistas sin demasiadas exigencias...

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