27 de abril 2000 - 00:00
"LA ULTIMA PUERTA"
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La trama de «La última puerta» no le escapa a una reconocible marca de las novelas de su autor: está repleta de ingredientes «cool» (en este caso los incunables, la demonología, los lenguajes cifrados, las librerías de viejo del Village, las mujeres fatales, las misteriosas y guardianas, etc.), pero erráticamente combinados y, finalmente, de insatisfactoria resolución. No falta nada, está todo allí, pero no funciona.
Johnny Depp es Dean Corso, fachada de intelectual y corazón de mercenario: un taciturno hurgador de manuscritos y libros antiguos, cuyo único fin es lucrar con la diferencia que pueda hacer entre sus adinerados clientes. Langella, en quien Polanski tal vez haya querido recrear algunos rasgos del John Casavettes en «El bebé...» (o algo así), es un profesor vicioso que quiere encontrar los otros dos ejemplares de un libro denominado «Las nueve puertas del reino de las sombras» (el que completa la trilogía ahora lo tiene él), y elige a Corso como su mandadero en Europa.
Como pronto se sabe, la pesquisa no tiene exactamente un fin bibliófilo, sino que hacen falta esos tres ejemplares para llegar a la combinación luciferina que tanto ansía el profesor. Aunque la arriesgada búsqueda de los ejemplares faltantes comporte más emoción y tenga más claves secretas que una recolección de tapitas de gaseosa con premio, el fin último es bastante impreciso, además de tedioso. Lucifer tendrá sus razones, pero no quedan demasiado claras.
Johnny Depp corre muchos peligros pero tiene sus compensaciones: en su búsqueda se cruzará, en más de un sentido, con la espectacular sueca Lena Olin, viuda de un coleccionista que murió por un sospechoso suicidio, y con su «ángel guardián» Emmanuelle Seigner, que se encarga de protegerlo con métodos heterodoxos -aunque bajo la mirada atenta de su esposo, el mismo Polanski-. En definitiva, un film para satanistas sin demasiadas exigencias...




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