7 de julio 2003 - 00:00

La vieja pintura aún tiene chances

Desde que el invento de Daguerre sembró dudas sobre la razón de su existencia, la pintura ha logrado sobrevivir a todos los anuncios que esporádicamente decretaron su muerte. Pero lo cierto es que en estos últimos años, y sin que nadie se empeñara demasiado en dictaminar su fin, la pintura había comenzado a languidecer. El arribo de las nuevas tecnologías, el auge de la instalación y el imperio del objeto le restaron poco a poco el papel protagónico.

La Argentina de la crisis sin embargo, donde sobra el talento y falta el dinero para los imponentes despliegues de montaje que buscando emociones fuertes reclama el público de las sociedades saciadas, pareciera ser el enclave ideal para confirmar que la vieja pintura tiene aún la posibilidades de recrearse. Y varias muestras coinciden en Buenos Aires para demostrarlo, aunque en casi todos los casos se trata de expresiones que expanden los límites de la pintura como género.

Para comenzar, la exhibición de Pablo Siquier, uno de los artistas más significativos de los años noventa, que abandonando el mundo perfectamente definido de luces y sombras que caracteriza su obra, partió de un programa de computación y recuperó el gesto manual.

Bajo su apariencia tecnológica, los enormes murales que muestra en la galería Ruth Benzacar evocan, con un trazo sensible que nada tiene que ver con el rigor de su origen cibernético, la escala monumental y la perspectiva que se abre hacia el infinito de las cúpulas artesonadas de Piranesi, artista que en el siglo XVIII aborda el tema de los límites de la forma. En la misma línea ornamental, el espacio alternativo Sonoridad Amarilla presenta las obras de Beto de Volder. Sus trabajos, formas recortadas en madera o repujadas sobre papel en sutiles bajorelieves, también rebasan el concepto ortodoxo de la pintura. No se advierte el rastro de la pincelada en sus trabajos, pero sus diseños tienen como punto de partida la vieja técnica del dibujo al lápiz, y para intervenir el espacio arquitectónico de la sala, utiliza un poderoso recurso: la fuerza del color, y sólo del rojo.

Más ligada a la gratificación de los sentidos que a la expresión de sentimientos o ideas, su obra se basa en los juegos dinámicos de la línea. Excepcionalmente virtuosas, las flexibles curvas de De Volder sólo aspiran a alcanzar la belleza, y en eso, en el goce estético que provocan, reside justamente el valor de la obra.

Con este mismo espíritu, Ana Porchilote muestra en el Centro Cultural Rojas sus pinturas abstractas, las lúdicas formas pobladas de reminiscencias de Matisse que ostentan la trama de sus ensueños privados. «Ana trae la pintura como tema, como acción, gesto y discurso», observa en el catálogo Gustavo López, director del Espacio VOX de Bahía Blanca que integra Porchilote.

Como se sabe, los premios cumplen el oficio de sismógrafos de los movimientos del terreno artístico, y el Museo de Bellas Artes exhibe en estos días el que otorgó la Universidad de Palermo, dedicado exclusivamente a la pintura. Desde los rigurosos planos de color de
León Tenembaum (Primer Premio), hasta las pinceladas expresionistas de Diana Dowek y Ariel Mlynarzewic, o el clima metafísico de Félix Eleazar Rodríguez (menciones), pasando por la recuperación del retrato de Lorena Ventimiglia y las sorprendentes formas de Iván Calmet, el salón brinda un panorama de la producción pictórica actual.

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