A los 74 años, Lalo Schifrin mostró en el Luna Park la síntesis
perfecta de un músico capaz de transmitir lo clásico y
lo popular
Concierto de Lalo Schifrin, con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Estadio Luna Park. 6/09.
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Dentro del ciclo Grandes Maestros, se presentó anteanoche en el Luna Park Lalo Schifrin (su última visita a Buenos Aires, con un espectáculo más reducido, había sido en el Teatro Gran Rex hace una década). El concierto del miércoles se inició casi puntualmente a las 20.30 y se prolongó por algo más de dos horas y media. La temperatura musical fue in crescendo: algo templada en el arranque, y espectacular desde promediando la mitad y hasta el poderoso final climático con el tema de «Misión imposible», que el maestro Schifrin (a quien los años le han dado, cuando se lo ve y escucha al piano, una postura corporal similar a la del «Mono» Villegas), inició con un solo de mano izquierda antes de que se le sumara la orquesta.
Fue buena la idea de los organizadores (la radio Amadeus 103.7) de colocar dos pantallas gigantes a los laterales del escenario. Si bien el fin fue que se pudiera ver desde las localidades más alejadas, también se pudo apreciar al detalle la gestualidad del director (y solista al piano en algunas partes), al igual que los movimientos de los integrantes del Ballet de Bolsillo que bailaron, según coreografía de Oscar Araiz, el «Bolero» de Ravel. Ya no es ninguna novedad que el Luna Park no es el espacio que le rinda la mejor justicia al sonido de una orquesta numerosa (la amplificación fue, inevitablemente, algo dura y metálica).
El programa fue amplio, generoso y heterogéneo. Sin seguir el orden pautado por el escueto programa de mano, Schifrin comenzó con la conocida suite del Ballet Estancia de Alberto Ginastera, obra emblemática del repertorio nacional, muchas veces escuchada y apreciada por todos sus valores, aunque, tal vez, no la que podía esperar el público esa noche. Schifrin tiene la buena costumbre de darle a sus conciertos un cálido tono didáctico. Antes de cada una de sus interpretaciones, suele decir algunas pocas palabras (como lo hizo anteanoche) sobre lo que se oirá a continuación. Fue así como presentó su Sinfonía Concertante para guitarra y orquesta (que tuvo a un notable Víctor Villadangos como solista): una obra interesante, que resume en sus tres movimientos el sendero de la guitarra en las Américas: el Tema y Variaciones de fuerte sabor español, el Andante lontano de raíces americanistas, y el Rondó y Allegro con brio como síntesis musical, e histórica, de los dos primeros.
A continuación vino Jazz & Blues Symphonic Variations, una obra conceptual, con varios lucimientos solistas, en la que Schifrin destila las raíces de esa música con acentos propios del sur norteamericano. Una composición breve, analítica, que sin embargo todavía no generaba en el público que colmaba el Luna Park el calor que sobrevendría poco después.
Con el famoso Bolero raveliano la temperatura comenzó a elevarse. Aun dentro del reducido espacio que le quedó a los pocos bailarines del Ballet de Bolsillo, la interpretación (tanto musical como coreográfica) fue reconfortante.
Luego de un intermedio en el que se emitió, por las pantallas, una breve biografía de la impresionante carrera del maestro Schifrin (desde su formación clásica y jazzística en París, junto a músicos tan disímiles como Oliver Messiaen y Georges Prêtre, hasta su vínculo con Dizzy Gillespie y más tarde su extraordinaria carrera en el cine y la televisión), sobrevino lo más esperado.
«Yo conocí a Bruce Lee», dijo, casi con admiración adolescente Schifrin, antes de atacar con la batuta el orientalismo hollywoodense de la suite de «Operación Dragón». De inmediato, fuerte cambio de página con la interpretación de «Tango del atardecer», la banda de sonido de «Tango», la película que rodó en la Argentina Carlos Saura, y que tuvo sobre el escenario a Néstor Marconi como bandoneón solista.
Los números finales fueron la bellísima música del film nominado al Oscar «The Fox» (una olvidada película de 1968 de Mark Rydell, que en la Argentina se llamó «Amores borrascosos») y, con Juan Cruz de Urquiza en trompeta y Oscar Giunta en batería (dos excelentes solistas), «Misión imposible» hizo poner al estadio de pie.
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