Las aguas bajan turbias, y frías

Espectáculos

«El día después de mañana» («The Day After Tomorrow», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: R. Emmerich. Int.: D. Quaid, I. Holm. J. Gyllenhaal, E. Rossum y otros.

A esta altura, destruir Nueva York parece una obsesión del director de origen alemán Roland Emmerich. Lo hizo en «Día de la independencia», luego en «Godzilla», y ahora en el film futurista «El día después de mañana». Si bien su nuevo ataque ya no es tan irreal como una invasión de marcianos o la reaparición de la gigantesca lagartija japonesa, tampoco parece tan inmediato o angustiante como el de un comando terrorista, temor ciudadano con el que difícilmente se pueda producir un millonario show de efectos especiales como éste.

Apropiándose de la causa de Greenpeace y otras organizaciones ecologistas, Emmerich ilustra ahora, de la manera más terrorífica, las consecuencias planetarias del recalentamiento de los polos, el desborde de los océanos y el enfriamiento de la tierra. El héroe es el clarividente científico Jack Hall (Dennis Quaid), los villanos son los políticos sordos que desatienden sus advertencias, y la consecuencia un intenso desfile de tormentas, huracanes, inundaciones y congelamientos que se cargan primero a Los Angeles y después a la Gran Manzana.

A este cine adrenalínico se va con la misma expectativa con la que se visitan los parques de Orlando, es decir, por puro vértigo y estremecimiento. En ese sentido, las computadoras del equipo
Emmerich suministran, generosamente, la esperable inyección de catástrofe que busca el espectador. Sensorialmente, la película es eficaz aunque en algunas escenas poco original: quienes hayan visto su «Godzilla» advertirán ciertas repeticiones, y a veces hasta se tiene la impresión de que Emmerich reutilizó idénticos modelos de diseño, limitándose a sustituir el cuerpo del monstruo que masacraba a Manhattan por olas gigantes.

Pero, si los efectos de
«El día después de mañana» son acertados, la película flaquea en otro aspecto. Lo que se pretende de estos productos es que sus tramas de soporte sean lo suficientemente discretas como para que no distraigan al espectador de la verdadera atracción. Y eso es justamente lo que falla en un guión también anegado en la cursilería.

Es difícil tomarse en serio que el héroe joven
Jake Gyllenhall continúe titubeando en besar a su chica mientras alrededor se acaba el mundo (jamás escuchó el viejo refrán), o que el padre Quaid se haga una caminata de Filadelfia a Nueva York sobre el hielo que tapa todo, y que no sólo no se congele sino que tampoco se pierda.

O, lo más desopilante, que el vicepresidente se conmueva con el que hasta entonces llamaban «Tercer Mundo», y luego de comprobar lo generosa que fue América latina con los evacuados norteamericanos, decida perdonar la deuda externa. Difícilmente los momentos emotivos de
Emmerich encuentren parangón en la cursilería de Hollywood, no hay más que recordar el discurso del presidente en «El día de la independencia». Tampoco, para tranquilidad del espíritu, habría que buscar demasiadas alegorías en la quema de libros de la Biblioteca Pública de Nueva York: si lo hacen, es para mantener el calorcito con tanto frío glacial. Eso sí, salvan a Nietzsche.

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