Antes de entrar en “Las catadoras del Führer”, recordemos que la figura del catador de alimentos es casi tan antigua como el poder absoluto. En la Antigüedad, los emperadores persas ya utilizaban servidores encargados de verificar que los alimentos no estuvieran envenenados. La práctica pasó luego a Roma, donde el temor al veneno era parte del paisaje político y algunos emperadores recurrían a esclavos especializados (Claudio murió tras comer hongos envenenados).
"Las catadoras del Führer": la mesa del terror
En el film de Silvio Soldini, un grupo de mujeres es obligado a probar la comida de Hitler. La historia explora el miedo, la supervivencia y las zonas grises de la vida bajo el nazismo
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Elisa Schlött (tercera desde la izquierda) en "Las catadoras del Führer".
Mitrídates VI (el mismo al que Mozart dedicó su ópera “Mitridate, re di Ponto”), uno de los grandes adversarios de Roma, llevó su paranoia a una curiosa solución preventiva: ingería pequeñas dosis de veneno para inmunizarse, convirtiéndose así en un precursor de las vacunas.
En la Edad Media y el Renacimiento la costumbre persistió. Los sultanes otomanos mantenían catadores en el palacio de Topkapi, y en las cortes italianas, donde el veneno era un instrumento político casi tan frecuente como la daga, la precaución era rutina. En el siglo XX algunos dictadores mantuvieron esa tradición. Uno de los más célebres fue Adolf Hitler, obsesionado con la posibilidad de un atentado químico o alimentario. En su cuartel general del frente oriental organizó un grupo de quince mujeres que probaban cada plato antes de que llegara a su mesa.
De esa historia parte “Las catadoras del Führer”, la película de Silvio Soldini basada en la novela “Le assaggiatrici” (2018), de la italiana Rosella Postorino, donde aparece el personaje ficticio de Rosa Sauer, protagonista del film. Postorino investigó la vida de Margot Wölk, una mujer alemana que reveló en 2012, a los 95 años, haber sido una de las catadoras de Hitler. Fue la única superviviente del grupo; las otras murieron cuando el Ejército Rojo ocupó la zona al final de la guerra, pero fuera de entrevistas a la prensa alemana no dejó ningún testimonio escrito, por lo cual Postorino debió echar mano a la ficción en su novela.
Rosa (Elisa Schlott), es una joven berlinesa que huye de en su ciudad y se refugia en el pueblo donde viven los padres de su marido, quien pelea en el frente ruso. En la casa de sus suegros descubre que el bosque cercano alberga la infame Guarida del Lobo (Wolfsschanze), el complejo militar desde el cual Hitler dirigió gran parte de la guerra contra la Unión Soviética.
Allí, siete mujeres del lugar (y no quince, como en la novela), son obligadas a probar los alimentos del Führer. Rosa no tarda en ser convocada para esa misión. Cada día, al mediodía y a la noche, las llevan a un comedor vigilado por soldados y el cocinero. Ellas comen bajo la amenaza de una muerte posible y luego deben esperar una hora. Si ninguna cae, Hitler puede comer.
La premisa dramática es buena: en una Europa que se muere de hambre, un grupo de mujeres está obligado a comer bien, y recibir una paga, pero cada bocado puede ser el último. Soldini construye la película a partir de pequeñas peripecias que surgen de la convivencia forzada. Rosa llega como una extranjera en ese microcosmos rural y femenino donde todas sospechan de todas, pero poco a poco, después de ser discriminada por su condición de “berlinesa” (así la llaman) va encontrando un lugar en el grupo.
En ese proceso adquiere particular relieve el personaje de Elfriede (Alma Hasun), una presencia más áspera y curtida por la guerra, cuya mezcla de dureza y fragilidad aporta tensión permanente a la dinámica entre las catadoras. Al principio es la más dura adversaria de Rosa, pero avanzado el film, al revelarse algo medular sobre Elfriede — quien ni siquiera se llama así—, la relación cambia por completo.
Marco histórico
La ambientación histórica también juega a favor de la película. La Wolfsschanze fue un complejo militar oculto en los bosques de Prusia Oriental, hoy territorio de Polonia. Construido en 1941, consistía en una red de búnkeres de hormigón, barracas, refugios camuflados y caminos internos protegidos por varios anillos de seguridad, campos minados y alambradas.
Allí vivían y trabajaban militares, técnicos y funcionarios del régimen, en una especie de ciudad secreta enterrada en el bosque. En la Guarida del Lobo tuvo lugar, como lo muestra el film, el famoso atentado del 20 de julio de 1944, la llamada “Operación Walkyria”, cuando el coronel Claus von Stauffenberg intentó asesinar a Hitler con una bomba en una sala de conferencias.
La película aprovecha bien esa atmósfera opresiva: el bosque húmedo, los edificios de hormigón, la vigilancia constante, la sensación de que todo está controlado por una presencia omnipotente que nunca aparece en escena (buen hallazgo del film: a Hitler nunca se lo ve).
Soldini, cuyo film más famoso en la Argentina fue “Pan y tulipanes” (una comedia romántica otoñal, bien lejana de este drama) filma con sobriedad, sin subrayados ni grandes gestos melodramáticos pese a la naturaleza del tema. En ese dispositivo se destacan las interpretaciones. Elisa Schlott compone a Rosa con una mezcla convincente de vulnerabilidad y obstinación. No es una heroína ni una resistente ejemplar, sino alguien que intenta sobrevivir, mientras espera en vano que su marido regrese con vida. Alma Hasun, por su parte, aporta a Elfriede una intensidad más dura, cortante, que equilibra el tono del relato y le da espesor al grupo de mujeres.
El punto más discutible es la relación entre Rosa y Albert, un oficial de las SS interpretado por Max Riemelt. Sus encuentros íntimos, inclusive sentimentales, que derivan en que Rosa se convierta en la “protegida”, son el elemento más débil de la película. Aun así, si el film se inspira en una novela con pretensiones biográficas, tal vez haya que aceptar el episodio. A veces la realidad es menos verosímil que la ficción.
En todo caso, “Las catadoras del Führer” no intenta ser una epopeya histórica ni en un thriller político. Su interés está en otra parte: en observar cómo el acto de comer, en ese contexto de terror, deja de ser una acción trivial para convertirse en una prueba de supervivencia. Cada comida es una ruleta rusa, ya que ninguna prueba el mismo plato.
Soldini filma ese territorio, lo que Primo Levi, el sobreviviente de Auschwitz y autor de “Si esto es un hombre”, entre otros libros célebres, llamó la “zona gris”. No todo funciona del mismo modo, pero la película consigue algo más difícil: mostrar cómo la historia, inclusive en sus momentos más monstruosos, se construye también con la suma de vidas pequeñas, miedos íntimos y decisiones moralmente ambiguas.
“Las catadoras del Führer” (“Le assaggiatrici”, Italia, Bélgica, Suiza, 2025). Dir.: Silvio Soldini. Int.: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun, Emma Falck)




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