21 de mayo 2003 - 00:00
"Las feministas se equivocan hasta con Simone de Beauvoir"
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Paule Constant
Periodista: ¿Busca revelar lo oculto del mundo femenino?
Paule Constant: Lo hago en dos novelas «Confidencia por confidencia» y «Sucre et secret», en las demás sobre todo no hablé de las mujeres. Pero en «Confidencia por confidencia» conté sólo de las mujeres.
P.: ¿Se considera una escritora posfeminista?
P.C.: Me transformé en eso por accidente (ríe). Mi deseo de escribir novelas nada tiene que ver con la condición femenina o porque sea una mujer. No es ni la femineidad ni la condición femenina lo que me interesó interrogar. Tenía cuestiones que resolver con mi infancia, muy particular y muy difícil, en un medio católico, extremo y violento. Una niñez que se desarrolló en países africanos o en el presidio de Cayena, porque mi padre era allí médico de convictos. Cuando abandoné esos infiernos tropicales fue para verme encerrada en pensiones católicas, menos exigentes que mi padre, pero en las que no entendía el sistema. A los nueve años, cuando fui enviada por primera vez a una pensión, trataba de imitar los gestos, las actitudes, la manera de comer, de saludar, de lavarse, y hacía todo de modo excesivo (ríe). Era fácil de reconocer porque lo mío era un exceso de reverencias, de compostura y, también, de lágrimas (ríe). Entendí muchas cosas cuando trabajé en «Un mundo para uso de las señoritas». Por ejemplo, los motivos de Simone de Beauvoir para escribir «El segundo sexo». No tuvo intención de hacer una obra feminista, como creen las feministas, es un ensayo autobiográfico donde se pregunta: ¿soy una mujer? ¿qué es una mujer? Toda su obra es autobiográfica.
P.: ¿Qué autores le gustan?
P.C.: Comencemos por los fáciles, los premio Nobel. Quisiera ser como John Steinbeck. Me identifico con escritores de la condición humana como
V.S. Naipaul y Patrick White. Además, me gusta mucho Vargas Llosa.Y autores cristianos, perversos como Graham Greene, con su sentido de la culpa, el gusto por el martirio, un cierto masoquismo. También la genial Flannery O'Connor, más que Carson McCullers. Esa es mi línea.
P.: ¿Qué es para usted «Confidencia por confidencia»?
P.C.: Una novela que quiero mucho, que fue muy difícil de escribir. No quise hacer una confesión de mujeres sino un juego de espejos entre los personajes. Cada una se refleja en la vida de la otra. Tenía poca acción y debía sostener eso con mucha violencia. No pensé para nada hacer una obra feminista o posfeminista. Suscitó polémicas, muchos interpretaron que el premio Goncourt había sido otorgado a una mujer que estaba contra las mujeres. Esa obra tiene una posteridad lamentable, es texto en los Feminine Studies de Estados Unidos (risas).
P.: ¿Es una historia de fracasos femeninos?
P.C.: Hay críticos que han dicho que es una novela que habla sobre el final del siglo XX, y es cierto. Está la influencia de los Estados Unidos, la toma del poder por las mujeres y el sentimiento del exilio. Las feministas me han reprochado ser la escritora del fracaso. Pero ya se lo han reprochado a Madame de Staël. Respondí con la mayor calma que la novela es un lugar clave para hablar del fracaso. Y si, desde las Canciones de Gesta, las novelas masculinas son estudios de fracasos masculinos, ¿por qué guardar artificialmente una heroicidad de las mujeres? ¿por qué no hablar del fracaso en general?
P.: ¿Cómo enfrentó el tema del fracaso de sus protagonistas?
P.C.: No podía ser una historia de lamentos del pasado. Cuando una mujer habla con otra cae en confidencias, y la confidencia es siempre un lamento.Aún entre las feminitas (ríe). Me sirvió pensar mucho en la película «Interiores», de Woody Allen.
P.: ¿Por qué sitúa algunas obras en los Estados Unidos?
P.C.: Porque me parece un territorio de ficción donde ocurren todo tipo de excesos y, por tanto, es exótico. Es una posición magnífica ser o sentirse extranjero para poder captar la verdad de las cosas. Sólo escribí sobre Africa cuando estuve lejos.
P.C.: A Julio lo conocí cuando trabajaba en la Radio Televisión Francesa. Bailé con él antes de haberlo leído (ríe). No llegué a ser su novia (ríe) porque era muy vigilado por una señora de Gallimard, grandota, robusta y morocha. Yo había huido de Africa, vivía en París, y escribía una tesis sobre «Nueva York en la novela contemporánea». Fui a esa fiesta de escritores y era mujer joven y bastante atractiva; para invitarme a bailar no esperaban que hubiera leído sus obras completas (ríe).
P.: ¿En literatura francesa sólo está Michel Houllebecq?
P.C.: Detesto a Houllebecq, y él me odia. Es increíble lo que llegó a imponerse en todo el mundo. La suya es una mirada políticamente incorrecta. Lo que tranquilizó a muchos es que la literatura se volvió el lugar de lo políticamente correcto. A Houllebecq lo encuentro fascista. Hay hoy una izquierda que experimenta con el estilo del fascismo. Nos señalan como opuestos. Yo, la escritora literaria, pasada de moda (mejor, nunca estuve de moda); él, el escritor de vanguardia. Yo, «feminista»; él, el que no quiere a las mujeres. Yo, rigida universitaria; él, el inclasificable. En realidad me siento bastante marginal, no encuentro modo de definirme en relación con esa literatura de moda. En Francia se vive mal la inflación de novelas. Se publicaron 600 en setiembre y 500 en enero. Para salir de ese lote hay que ganar un premio; el realmente importante es el Goncourt. El otro modo es el escándalo. Por eso al comenzar una temporada hay un escándalo literario. Tuvimos tres temporadas seguidas escándalo Houllebecq, está completamente organizado. En enero tuvimos el del libro que denunciaba al diario «Le Monde», resultado 300 mil ejemplares vendidos. Es un riesgo para la literatura. Estoy contenta de haber comenzado a publicar hace 20 años, cuando eso no ocurría.
P.: ¿Se siente lejos de esas estrategias comerciales?
P.C.: Nunca pensé en ganarme la vida escribiendo libros. Ocurre que hoy si un libro no se vende lo suficiente el autor deja de ser publicado. Y no se puede mantener una postura noble frente a la no publicación. De ahí los que buscan el escándalo. El comercio sí, pero hasta un cierto punto; yo hago literatura.



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