18 de octubre 2006 - 00:00

Las ideas de Arendt cobran nueva vigencia

El sábado pasado Hannah Arendt hubiese cumplido cien años. El filósofo español Eugenio Trías utiliza el comentario de una biografía reciente para destacar los aportes de la gran filósofa alemana que no temió ser polémica con su reflexión sobre la violencia contemporánea, los orígenes del totalitarismo y comprando en los años 70 nazismo y comunismo.

Hannah Arendt: amante deHeidegger y severa fiscal delnazismo.
Hannah Arendt: amante de Heidegger y severa fiscal del nazismo.
No se sabe qué admirar más en Hannah Arendt, si la penetración de su inteligencia o su libertad de espíritu. Sus capacidades intelectuales son tanto más vigorosas cuanto más próximas se hallan a la evocación poética o literaria, y a la referencia culta inesperada. Nunca es previsible el rumbo de su argumentación. Siempre obliga a reflexionar. Pocas veces se lee a alguien que de manera tan sistemática y constante desafía los grandes tópicos de los estados de opinión.

Su portentoso libro «Los orígenes del totalitarismo» demuestra esa gran cualidad. Y sin embargo, ese gran fresco se desmenuza en miles de pasajes en los que se van reflexionando, de manera individual, muchos de los más complejos temas de la filosofía política del siglo XX. Al conmemorarse el centenario de su nacimiento, diversos libros aparecen recorriendo su vida y la evolución de su pensamiento. Una biografía se destaca, la de su discípula Elisabeth Young-Bruehl, en la que están trazados los episodios de su accidentada vida, desde su infancia de niña judía muy protegida por su madre, su pasaje por la universidad, su fascinación por sus maestros (en especial Heidegger y Jaspers), su activismo político en la intersección de un sionismo libremente asumido y practicado, y una concepción de izquierda nada convencional.

La vida de Arendt empieza, hacia fines de los años 30, a sufrir los tiempos terribles del ascenso del nazismo. Sigue su exilio a París y a Norteamérica, y su acomodo, en vísperas de la segunda guerra mundial, al ambiente ideológico y político: sus nuevos contactos y amistades, sus relaciones personales, su segundo matrimonio. Poco después de la guerra escribe su obra magna: «Los orígenes del totalitarismo», obra suficiente para que pensemos en esa mujer como en la figura más sobresaliente de la filosofía política del pasado siglo. En realidad es un peculiar libro: uno y trino, como Dios. Posee una sutil unidad, y no estoy de acuerdo con la opinión de la crítica, incluso de la propia autora, de que se encuentre desequilibrado. Y si lo está, bendito sea ese desequilibrio, el que se descubren en las mejores obras filosóficas o musicales (en todo Mahler, por ejemplo, o los últimos cuartetos de Beethoven).

Es fascinante recorrer ese tríptico, en la que se trata el Antijudaísmo, en el primer libro, el Imperialismo, en el segundo, y el Totalitarismo, en el tercero. De hecho los dos primeros van creando las bases de la parte más intensa (y estremecedora) de todo el libro: la reflexión que la autora hace sobre el totalitarismo en su doble versión, alemán y ruso. Sólo Hitler y Stalin alcanzaron este concepto en plenitud.

Su caracterización del totalitarismo es extraordinaria, y no es casual que desencadenase una polémica interminable. Hoy aparece en toda su grandeza la idea de un doble modo totalitario en el que este concepto se realiza en plenitud: el que asoló Alemania con el nacionalsocialismo, y el que practicó el genocidio con la propia población en la URSS durante veinticinco años tenebrosos. La conexión que establece Arendt, y que la biógrafa subraya, entre el totalitarismo y los campos de concentración, o entre el concepto totalitario y la práctica masiva e indiscriminada del terror, constituye una aportación excepcional a lo que constituye el tema y el objeto de todos los desvelos reflexivos, éticos y políticos de esta gran pensadora: la naturaleza del mal. El mal radical, el mal sin paliativos. Un mal que ella tuvo el peculiar destino de sufrir.

Las informaciones sobre el exterminio de los judíos se iban conociendo. Como una y otra vez decía sucedió lo que jamás hubiera debido suceder. Nunca debió permitirse que sucediera: frase que repite en un texto sobre la Solución Final hitleriana. Una Resolución que sólo desde la locura es posible negar. Pero Arendt esparce el miasma de su Horror, y lo reparte equitativamente, con buen criterio, en los dos totalitarismos (de ultraderecha y ultraizquierda). El Gulag soviético encarna ese Mal con los mismos títulos que Dachau o Auschwitz.

Un mal radical que exige una reflexión metafísica, teológica, como la que nunca falta en esta gran judía exiliada, afincada finalmente en Estados Unidos, pero de raíces hondas en la gran cultura alemana, literaria y filosófica, y en toda la cultura occidental, desde sus raíces griegas y cristianas. Su agudezay, sobre todo, su libertad de juicio dieron lugar a un reguero de críticas. Los sionistas radicales, incluso algunos tan sobresalientes como Gerhard Scholhem, no pudieron aceptar sus ideas acerca del juicio de Eichmann, de lo que dio testimonio en su célebre y escandaloso libro «Eichmann en Jerusalén».

La obra de Young-Bruehl «Hanah Arendt una biografía» marca las pautas de otras en las que se detallan y se concretan aspectos de su vida que no se conocían suficientemente bien, como las relaciones amorosas con Heidegger, comprometido con el nazismo, cuando todavía era el brillante creador de la más intensa reflexión filosófica de su época, «Ser y Tiempo».

Dejá tu comentario

Te puede interesar