8 de septiembre 2004 - 00:00
"Las traducciones son las que democratizan las obras"
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«La traducción como problema es inescindible de la constitución de una nación», sostiene la ensayista Patricia Willson.
Periodista: ¿Por qué se interesó en los traductores en la literatura argentina del siglo XX?
Patricia Willson: Para mi la traducción es un problema de la literatura que la recibe, y las traducciones de escritores extranjeros hechas acá, en la época de oro del libro argentino, son un problema de la literatura argentina.
P.: Usted describe tres modelos de traducción.
P.W.: Utilizo una división que hace Borges, en 1926, en un artículo en el diario «La Prensa»: traductores clásicos y traductores románticos. El romántico piensa que el centro de la obra es el genio creador, el que la escribió, al que no se le puede cambiar una sola palabra, por tanto tiende a ser literal. Los traductores clásicos creen que lo importante es la obra, no quien la escribió, y se permiten reformulaciones y recreaciones. Para mi Victoria Ocampo encarna el primer modelo, y José Bianco el segundo.
P.: ¿Para Victoria Ocampo lo fundamental es el escritor?
P.W.: El autor está muy presente en sus traducciones y también en sus reflexiones como ensayista, se detiene en su biografía, en su circunstancia, en sus amistades.
P.: ¿Es una actitud femenina?
P.W.: Tiene que ver con una concepción de la literatura muy focalizada en el escritor como creador, más que con una característica de género.
P.W.: En su magnifica traducción de «Otra vuelta de tuerca» procede a una fuerte reescritura en busca de obtener una prosa española tersa, legible, elegante. Ese modelo, que es tambien el de Cortázar, sigue vigente y hay motivos para que así sea, lo impulsan los editores. La fluidez, que la traducción no se note, que parezca escrito directamente en español, es un valor.
P.W.: Lo defino como vanguardista, en el sentido que pone a la traducción como objeto en otro lugar, que ya no es un lugar de dependencia del original sino centro de un problema estético. Ese gesto vanguardista aparece cuando traduce la última página del «Ulises» de Joyce. Tanto por el estudio preliminar que escribe para esa traducción como porque en esa última página del monólogo de Molly Bloom introduce el voceo, y una serie de estrategias de traducción donde va eliminando referencias de Dublin y las reemplaza por las que remiten más al ámbito rioplatense. Es el gesto de vanguardia del primer Borges, de su etapa del « criollismo conversador del mundo», trasponer cosas de culturas extranjeras a lo nacional. La traducción es una traslocación, la nueva ubicación de un texto que debe ser leído en otras coordenadas. Allí dice «yo no frecuenté toda el ' Ulises' si no por retazos», es un gesto de ruptura. Los traductores siempre declaran que leyeron todo, Borges dice: «no, no lo leí todo». E insinúa su opinión sobre Joyce, lo admira pero está en las antípodas de su concepción literaria.
P.: ¿Borges censuró a Faulkner al traducirlo?
P.W.: Es un error de Juan Carlos Onetti. Se refieren a la frase final de «Las palmeras salvajes»: «Mujeres-dijo el penado alto». Onetti escribió que Borges sacó la palabra «mierda», y lo interpreta como pacatería del traductor. No la censuró, es que no tradujo de la edición americana de Random House, sino de la inglesa de Chatto & Windus, donde esa palabra no está. La censura fue de la editorial. Es importante, cuando se evalúa una traducción, ver el texto de donde partió el traductor.
P.: El grupo «Sur» ni elitista ni extranjerizante.
P.W.: Fue lo contrario. La traducción democratiza el consumo de autores extranjeros, amplía el número de lectores que tiene un texto, lo saca de la élites. Borges en sus traducciones, salvo las que hizo de Virginia Woolf, usa palabras típicamente rioplatenses. Fue realmente innovador, y esta allí en acto su tesis de «El escritor argentino y la tradición»: no se pude sino ser argentino cuando se escribe.
P.W.: Por supuesto. Las criticas más torpes decían que Borges era extranjerizante, que no hablaba de lo nacional (ríe), y lo que demuestra es que la perspectiva de lo que se dice es lo que más localiza un texto. Y eso se empalma con mi idea de pensar la traducción como parte de la literatura argentina.
P.: La traducción está ya en los próceres de la Independencia para divulgar las ideas liberales...
P.W.: Para mi la traducción como problema es inescindible de la constitución de una Nación. Hay países en que la traducción como práctica permite la generación de una literatura nacional, como ocurrió en Israel.
P.: ¿La traducción de obras literarias en que medida sirvió para la formación de un campo literario en América Latina?
P.W.: La importación tan abundante de literatura extranjera, que realizó «Sur» junto a otras editoriales argentinas en los años '30, '40 y '50, divulgó nuevos modelos y repertorios formales y temáticos, nuevos modos de escritura. Y de algún modo sirvió para sembrar el terreno de lo que luego fueron los escritores del Boom. García Márquez no se cansa de agradecer las traducciones de Borges que leyó con sus amigos. Luego, los escritores del Boom fueron traducidos y la importación se revierte, e hicieron que a partir de allí no se pueda decir que nuestras literaturas están en un estadio incipiente.
Entrevista de Máximo Soto


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