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«A pesar de ser autor, y que los editores me hayan maltratado tanto, estoy aquí para estimular la venta y compra de libros», las sorpresivas palabras del Secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, provocaron miradas asombradas y un escabroso silencio entre los participantes de la tradicional Cena del Libro que realizó la C.A.L. (Cámara Argentina del Libro) el miércoles pasado en elYatch Club Olivos. Cuando, tras una pausa teatral, agregó: «Aunque, los que me lo han hecho son los otros, lo que se fueron», cayó la tensión y crecieron las risas. Di Tella hacia referencia al grupo de editores denominado «G-12» (Planeta, Sudamericana, Norma, Alfaguara, Fondo de Cultura, Tusquets, Riverside, entre otros) que dejó la C.A.L. para pasar a la Cámara Argentina de Publicaciones. Esas ausencia se notaron sobre todo porque, en general, los grandes editores solían ir acompañados por escritores conocidos de su catálogo local. Eso hizo que hubiera menos gente, y que el baile terminara mucho antes. En la pulseada con la Cámara Argentina de Publicaciones, la C.A.L., que hasta las cercanas elecciones conduce Gustavo Canevaro, logró un acuerdo que actualiza y amplia por diez años, con renovación automática por períodos de cinco, la administración del sistema ISBN (Internacional Standard Book Number) en la Argentina, sistema que identifica el titulo y la edición de una obra publicada por una determinada editorial. La C.A.L., a través de la Agencia Argentina de ISBN, tiene la mayor base de datos sobre la actividad editorial nacional y permite advertir desarrollo, evolución y tendencias del mercado. El acuerdo, a la vez, impulsa el proyecto «Portal del Libro Argentino» que la C.A.L. está desarrollando con la Fundación el libro. Los tradicionales premios «Julio Cortázar» se otorgaron a la revista «La mujer de mi vida» y a Fanny Mandelbau que recordó que «estaban ternados Antonio Carrizo y Victor Hugo Morales», agregó eufórica «pero me lo llevo yo». Se vio bailar, entre otros editores, a Daniel Divinsky, Horacio García, Alejandro Archain, Jorge Scarfi, Hugo Levin y Juan Pampin, mientras emprendían la retirada los funcionarios Di Tella, Magdalena Faillace, Elvio Vitali y Manuela Fingeret. •Querella
El lunes comenzaron las primeras etapas procesales de la querella «María Kodama contra Juan Gaspari por calumnias e injurias» en el Juzgado Nacional en lo Correccional N° 3, Secretaría N° 60, a cargo de María Susana Nocetti de Angeleri, que se iniciara un año atrás. El cuestionamiento de la viuda de Jorge Luis Borges es por algunas páginas del libro «Borges: la posesión póstuma» del periodista argentino, residente en Suiza, Juan Garparini (Gaspari es el apellido de su abuelo, que le posibilitó la ciudadanía italiana). Gasparini viajó a la Argentina luego de haber sido notificado de la querella por Interpol. «Creo que la querella es falsa porque me atribuye afirmaciones, juicios de valor, cosas que no he dicho. A la vez aprovecha el libro para querellarse con otras personas, como Roberto Alifano y María Esther Vázquez», comenta Gasparini. El periodista sostiene que trató de descubrir «los misterios que rodearon la muerte de Borges» como «la existencia de dos testamentos, la justicia dió validez al último», el casamiento de Borges con Kodama por poder en Paraguay, los temores y la serenidad del escritor ante sus horas finales, la no conversión al catolicismo, la decisión de enterrarlo en Ginebra y la no repatriación de los restos. En su libro Gasparini desmiente versiones sobre la sexualidad de Borges, y afirma el carácter fundacional de Ginebra «porque allí decidió ser un escritor en lengua española, él que dominaba inglés, latín, francés y había aprendido el alemán para poder leer a Schopenhauer». Y porque allí se hizo de tres grandes amigos para toda la vida. A uno de ellos, cuando supo de su muerte le dedicó el poema «Elegía», en «Los conjurados», que comienza: «Tuyo es ahora, Abramowicz, el singular sabor de la muerte, a nadie negado, que me será ofrecido en esta casa o del otro lado del mar».