13 de agosto 2004 - 00:00

Logrado retrato de un artista marginal

En «Madame Satá», impresiona el actor Lázaro Ramos como Joao Francisco dos Santos, un violento marginal que llegó a triunfar como artista popular en los carnavales cariocas de los años ’40.
En «Madame Satá», impresiona el actor Lázaro Ramos como Joao Francisco dos Santos, un violento marginal que llegó a triunfar como artista popular en los carnavales cariocas de los años ’40.
«Madame Satá» (id., Brasil, 2002, habl. en portugués). Guión y dir.: K. Ainouz. Int.: L. Ramos, M. Cartaxo, F. Bauraqui, F. Marques, E. Queiroz.

De acuerdo a las crónicas policiales, igual que nuestro Juan Moreira, el morocho Joao Francisco dos Santos era vago y malentretenido. Pero ahí nomás parecen terminarse las coincidencias. Porque uno sólo mataba en pelea de igual a igual, mientras que el otro llegó a tajear el rostro de un ocasional amigo desarmado y asustado. Y a uno «se lo dice picado de viruelas», y a otro «pederasta de cejas depiladas». En fin, cada época tiene sus propios héroes y antihéroes. En estos albores del Siglo XXI, dos Santos, alias Madame Satá, creador de unos personajes llamados La Negra de Bulacoche, La Reina del Bosque, Santa Rita del Cocotero, y, entre otros, La Gatita Peligrosa, parece ser una figura clave para quienes hoy reanalizan desde una perspectiva de género, como se dice, la vida social y cultural brasilera de los años '30. La película lo describe marginal, antes que marginado. Un tipo airado, con una rabia ins talada en el alma, que ni él mismo se soporta, y que descarga sobre cualquiera, así trate de ayudarlo. Pero también un tipo con dejos de ternura, capaz de hacerse cargo de una mujer y de su nena, y formar de algún modo una familia, él, que apenas la tuvo, porque su madre lo vendió a la edad de siete años, y desde entonces anduvo vagando por la parte más pobre y sucia de Rio de Janeiro.

La película también lo pinta, por último, triunfando como artista popular en los carnavales cariocas de 1942, un triunfo que es ante todo sobre sí mismo, sobre su propia angustia, y que será pobre y pasajero, como muchos, pero es importante como pocos. Entre otras razones, claro, porque así el espectador puede irse más o menos contento de la sala, después de haber visto qué mal viven los pobres, sobre todo si son negros, feos, y otras cosas.

Impresiona el actor Lázaro Ramos, llevando al personaje y al propio rodaje (lleno de evidentes y no siempre bien condensadas improvisaciones) sobre sus hombros. Impresiona también la fotografía, de tonos deliberadamente afeados, el montaje hecho como a las dentelladas, la simbiosis de fondo y forma con que el autor Karim Ainouz refleja el ánimo agresivo de su criatura. Película buena, si se quiere, pero no para todos.

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