9 de septiembre 1999 - 00:00

"LOS AMANTES DEL CIRCULO POLAR"

P uesto bajo la lupa, quizás el vasco Julio Medem resulte ser un poeta más ingenioso que profundo, y más hábil que sabio. Eso podrá ser cierto, pero, de todos modos, sus obras resultan fuertemente atractivas, y se ven, casi por entero, con admirativo placer. Meticuloso, detallista, dueño de un mundo propio, y de un estilo propio, donde la ironía más fina hace valer su peso específico, el hombre se luce en esta película desde las primeras tomas, imponiendo un libreto cuidado, enredado y ajustado hasta el mínimo detalle. Un ejemplo: las asociaciones que llevan desde una frase sobre el fin del amor, a la aparición de un autito rojo, con un posible nuevo amor, o de un ómnibus rojo, con la posible destrucción de cualquier amor.
O la habilidad para mostrar en pocas tomas el paso del tiempo y la fortuna (atención a la escena en que los niños vuelven de la escuela), o los continuos juegos de coincidencias, reincidencias, ciclos, sintonías, transferencias, sucesiones y entrecruzamientos, que hacen avanzar la historia, narrada en forma alterna por sus
dos protagonistas, Ana y Otto, a lo largo de 17 años, desde cierto día que se conocieron a la salida de la escuela. Ella ha perdido a su padre, él perderá a su madre, ambos se convertirán en hermanastros, pero esto último es apenas un detalle molesto, ellos ya han fijado su destino.

 Puntos de vista

El problema es que cada uno interpreta las cosas desde una óptica diferente. El cree en el amor eterno, ella en la ley de las casualidades. El descubrirá que, sin quererlo, traicionó sus promesas más puras, las de un niño a su madre, y tardará en reponerse. La chica, por su lado, espera que el mayor de los sucesos casuales cierre el círculo...
Otro problema, que quizá tenga que ver con esta época, es que nada en la vida se repite con la misma fuerza: ni el rescate de un paracaidista en circunstancias dramáticas ni el mensaje de un avioncito de papel, lanzado por un niño enamorado. Nada, sino las pérdidas que el hombre, irremediablemente, ha de sufrir. Hay que decirlo. Probablemente, Medem sea más ingenioso que profundo. Además pierde fuerza en la segunda mitad (¿cuestión de casting?), y no ofrece esta vez una resolución gratificante, como en «La ardilla roja» (quizá su mejor film). Pero vale la pena atenderlo.


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