Los hermanos Mann, en el
sepelio de la madre: Armin
Mühler-Stahl (Thomas),
Rüdiger Klink (Michael) y
Jürgen Hentsch (Heinrich).
Derecha, retrato del auténtico
Thomas Mann.
Por única vez, el Instituto Goethe exhibirá mañana en su auditorio (Corrientes 319, a las 16.30), la extraordinaria película «La Familia Mann: una saga del siglo veinte», conmemorando el medio siglo de la muerte del escritor Thomas Mann, autor de «La montaña mágica» y «Los Buddenbroocks. Una advertencia: hay que ir sin prisas, y disponerse a disfrutar de una extensa tarde de cine, porque esta producción de 2001 es en realidad una miniserie, y dura un poco más de 5 horas. La televisión europea la exhibió en tres noches sucesivas, pero aquí se proyecta toda junta, con dos intermedios, correspondientes a cada fin de capítulo. Pero vale el esfuerzo.
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Realizada a la manera de docudrama (mezcla de dramatización y documentales) por el alemán Heinrich Breloer, la película no se limita, como su título lo señala, a la vida del autor de «Doktor Faustus», sino que comprende también, y no menos centralmente, la vida de otras destacadas personalidades de su familia, como su hermano mayor Heinrich, a quien se debe la famosa «El ángel azul» que llevó al cine Joseph von Sternberg con Marlene Dietrich, o su desventurado hijo Klaus, autor de «Mephisto», también adaptada para el cine por el húngaro István Szabó, y ganadora del Oscar como mejor film extranjero.
En realidad, a través de todas sus historias, y la de otra de sus hijas, la rebelde Erika Mann, y la de la impetuosa y desclasada Nelly Rothger (amante de Heinrich), y la de Gustav Gründgens, esposo de Erika y modelo de la citada «Mephisto» con la que lo condenó para siempre Klaus (la parábola del actor que siempre interpretó ese personaje en el «Fausto» de Goethe, y que terminó «vendiendo su alma al diablo» al traicionar su conciencia y quedarse a trabajar en los teatros del Tercer Reich, en lugar de elegir el camino del exilio que siguieron todos sus amigos y parientes), la miniserie traza una síntesis perfecta sobre el papel de los artistas e intelectuales, y sus conductas, bajo el hitlerismo.
• Hermanos
Thomas, a diferencia de su hermano Heinrich, tardó casi tres años en romper con Alemania, aun desde su primer exilio en Suiza y antes de radicarse en los Estados Unidos, país que lo cobijaría como un titán. Nacionalista por convicción, postergó hasta las últimas instancias la condena no sólo al Führer, sino al pueblo alemán que lo apoyaba. Heinrich, filocomunista y europeísta, tomó desde el primer momento una actitud más combativa (que lo llevó a distanciarse de su hermano durante mucho tiempo).
Sin embargo, paradójicamente, su exilio fue ruinoso, tardío y accidentado (junto con otras personalidades como Franz Werfel), debió trepar los Pirineos para llegar a España y luego a Lisboa, y desde allí a Nueva York, en tanto que Thomas y su esposa lo habían hecho mucho antes, a bordo de un cómodo transatlántico, esperados en América como próceres. Heinrich jamás pudo hablar otra lengua que el alemán, no se adaptó a los Estados Unidos, sus novelas no se leían siquiera. Terminó en la ruina, con una mujer que lo quiso pero una manera humillante y que terminó suicidándose, y sólo pudo sobrevivir gracias a la caridad de su hermano.
La historia de Klaus, homosexual declarado en tiempos en que la mera confesión de esa condición era delito (se ve en la obligación de mentir ante las autoridades norteamericanas) ocupa también un espacio privilegiado en esta miniserie.Su temprana relación con Grüdgens -que se casaría finalmente con su hermana Erika-, la ruptura tormentosa, su adicción a las drogas, el odio al padre y sus futuros amores masculinos en los EE.UU. desembocan en su suicidio en Niza en 1949. Thomas, que para entonces ya había regresado a Europa con todos los honores, calla.
Con delicadeza, el guión también ahonda en las reprimidas inclinaciones homoeróticas de Thomas, también autor, como se recordará, de aquella «Muerte en Venecia» que llevó a la pantalla Luchino Visconti. Y, del mismo modo, a dar cuenta de la existencia de secretos que escaparán para siempre a los biógrafos: los contenidos en sus diarios tempranos, redactados durante los años de la república de Weimar, que terminarán cayendo en manos de la Gestapo y luego, milagrosamente, restituidos a su dueño: habían supuesto que era una novela. El autor, posteriormente, los arroja al fuego. A varios fuegos: no sólo a la hoguera que recuerda a la de los nazis, sino también a la que, tristemente, también obligó a encender Joseph McCarthy en los años 50.
Más allá de las estupendas recreaciones de época y a la extraordinaria creación de Armin Mühler-Stahl en el papel central, la película contiene documentales raras veces vistos: films familiares de varios miembros de la familia, la rueda de prensa que integra Klaus Mann en Alemania, poco después de la caída del nazismo, y en donde aparece entrevistando a Hermann Göering, el encuentro entre Albert Einstein con Thomas Mann, etc.
Del mismo modo, hay entrevistas a varios miembros sobrevivientes de la familia, en especial de quien lleva el hilo conductor, la nieta Elisabeth Mann-Borgese, quien recorre la vacía casa familiar en la actualidad, y que, entre otras cosas, se llega por primera vez hasta la casi imperceptible tumba de Klaus en Niza.
El director Breloer no abordaba por primera vez a esta familia: en 1983 rodó «Encuentro en el infinito-Klaus Mann», casi un borrador para este vasto fresco. El año pasado realizó el documental «Speer», biografía del «arquitecto del diablo».
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