9 de marzo 2000 - 00:00

"LOS MUCHACHOS NO LLORAN"

A unque se ignore todo de ella, al elegirla se comprende pronto que el espanto que reconstruye esta película escalofriante es real. Sólo la realidad puede dar un argumento tan cruel como para hacerle al espectador la vida miserable sentado en una butaca de cine, sin el consuelo último de pensar que es sólo una película, como decía Hitchcock.
El caso sucedió en 1993 en un pueblito de Nebraska que ni siquiera figura en el mapa. Dos ex convictos asesinaron a un muchacho llamado Brandon Teena que en realidad era una mujer llamada Teena Brandon. Lo que la película reconstruye con minuciosidad de documental y, sobre todo, con unos actores que parecen no serlo, es cómo se llegó a este desenlace. Pero, fundamentalmente, muestra quién era Brandon, o quién creía ser que viene a ser lo mismo. Ni travesti, ni transexual ni lesbiana, Brandon piensa que es hombre y mientras busca la manera de reparar el error de la naturaleza se corta el pelo, abulta con una media su entrepierna y sale a la vida a meterse fatalmente en problemas de polleras.

 Via crucis

Aunque en un pueblo natal lo viven corriendo otros muchachos, su verdadero via crucis (y el del espectador) comienzan cuando siguiendo a una chica cae en Falls City, Nebraska. La chica anda con unos amigos que, pronto también, permiten comparar el caso de Brandon con el de un negro que pretende hacerse pasar por blanco en medio del Ku Klux Klan. No se crea que la notable directora Kimberley Peirce subraye algo o se pronuncien palabras como machismo, discriminación o cosas por el estilo. En absoluto. Le basta seguir con su exasperante cámara la conducta cotidiana de cada uno, registrar lo que dicen, mostrar cómo viven, y dejar que los hechos cuenten la historia. La angustia más grande proviene de que uno sabe lo que todos, excepto Brandon, ignoraban en el momento de los hechos. Es decir que cada minuto que pasa, el protagonista se está jugando la vida con una aparente inconsciencia que acalambra el estómago.
Ahora bien, si como film sociológico funciona a la perfección porque no hay asomo de maniqueísmo (nada se embellece, todos producen rechazo aun a las mentes bienpensantes; no es lindo ver la intimidad de Brandon, donde la horrible soledad de su impostura parece más sola todavía) el mayor hallazgo de Peirce y su coguionista es la descripción del romance de Brandon y Lana, otra chica del lugar. Si bien eso es lo que
desata la tragedia final, lo que importa es por qué ella --ganan-do de mano a otras-se enamora de «él» al punto de negarse a ver incluso lo obvio: simplemente por contraste con los hombres que conoce y porque como forastero le trajo, como a los presos, la esperanza de acceder a un mundo menos asfixiante. Su emocionalidad y su psiquismo son cruciales en la película. Por eso, es aun más valorable la actuación de
Chloe Sevigny, en el mismo nivel de excelencia de la de Hillary Swank en el papel de Brandon. Ambas competirán por el Oscar en distintas categorías, pero todos los actores son formidables. Para el final, y ya ha sucedido la tragedia, queda un último masazo por si alguien quiso creer que la muerte de Brandon sirvió para algo. Su ejemplo había convencido a alguien de escapar de la infernal Falls City, pero un cartel dice que después volvió a criar ahí a su pequeña hija.

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