En su séptima película en común, Catherine Deneuve y Gérard Depardieu Protagonizan un interesante drama de amor otoñal en Tanger, con otros no menos interesantes dramas secundarios en sintonía.
«Los tiempos cambian» (Les temps qui changent, 2004, Francia, habl. en francés y árabe). Dir.: A. Techiné. Guión: L. Guyot, P. Bonitzer. Int.: C. Deneuve, G. Depardieu, G. Melki, L. Azabal, M. Zidi, J. Elomri, N. Baraka, N. Rachati.
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Los tiempos cambian, y el director André Techiné cambió, también, de camarógrafo y de montajista, logrando un estilo más nervioso que el de sus recordados «Secretos de amor» (Hotel des Amériques), con Patrick Dewaere y Catherine Deneuve, y, especialmente, «Toda una mujer» (Le lieu du crime), donde Deneuve todavía lucía su mejor aire de mujer soberbia. Aquí, en cambio, pone el rostro, y el cuerpo, de esfinge a punto de agrietarse, porque su personaje debe soportar mucho, y no tiene ganas, está a disgusto consigo misma, y también con el tipo que la quiere cambiar. No es para menos.
Instalada en Tánger, desplazada de su trabajo periodístico al de simple conductora de un programa de grabaciones musicales que los oyentes dedican a sus afectos (la madre que está en la aldea, los amigos que emigraron a otro país), la mujer que compone Deneuve ya tiene bastantes problemas con ese trabajo, la nuera conflictuada, el hijo bisexual, el nieto postizo y de otra raza, y el marido más joven y con otros planes, como para que encima le caiga un novio de hace treinta años, invasor, insistente, y todavía enamorado de ella, al punto de apelar a brujerías para reconquistarla.
Para él, una promesa de amor es para siempre. Ella piensa de otro modo. Lo que ayer nos enamoró, hoy nos fastidia. Si lo sabrán, también, el amigo y la cuñada de su hijo, dos marroquíes que prefirieron volverse de París. El, porque se sentía un paria en tierra ajena. La chica, porque necesitaba alejarse de la hermana gemela demasiado modernizada, y refugiarse en los consejos del maestro de escuela coránica (el taleb) de su aldea natal.
Interesante personaje, el de esta chica que trabaja en un McDonald y, al salir del mismo, envuelve su cabeza y elude hablar con un hombre en la calle.
Interesante, en verdad, toda la película, con el drama de amor en primer término, y los demás dramas, en sintonía con el principal, como fondo, incluyendo fugaces pero llamativas figuras, como un negro repentinamente apresado en la calle, o un grupo de futuros inmigrantes ilegales mirando hacia la costa europea, donde esperan hallar, aunque sea por un momento, alguna suerte de paraíso terrenal, antes de ser repatriados, o volverse desilusionados, del mismo modo que el enamorado esperaba en la lejanía un momento de éxtasis con la mujer soñada.
Esta es la quinta colaboración entre Deneuvey Techiné (entre ellas estuvieron «Mi estación preferida» y «Los ladrones»), y el séptimo encuentro de ella con Gérard Depardieu. No se sacan chispas, porque lo de ellos es más bien tenderse mensajes con los ojos, envolverse con sus cuerpos sin siquiera tocarse, y tocarse y apretarse, al fin, recién en el cierre de la historia (que no es exactamente un happy end). Buena historia, en suma, y con dos glorias francesas que da gusto ver, y que, dicho sea de paso, el público de los festivales marplatenses vio, las dos juntas, en épocas de Julio Márbiz (cuando, según algunos críticos «jovenosos», solo iban «vejetes» ya perimidos).
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