El multipremiado Leonel Luna (1965) ya se ha convertido en un referente de nuestro panorama plástico actual cuya obra, cuestionadora, remite a situaciones encaradas por pintores que testimoniaron hechos de nuestra historia del arte. Alguna vez lo calificamos como «arqueólogo», labor que continúa al plasmar su visión contemporánea de esos hechos. Luna rescata cuadros de Auguste Durand, un francés que llega a Buenos Aires a mediados de 1850 y que como muchos artistas viajeros tienen una visión exótica de la naturaleza. Del alemán Maurice Rugendas, ejemplo del artista viajero, aventurero, en una época de malones, raptos, luchas, «una epopeya de las pampas». Del chileno Pedro Subercaseaux que encaró temas históricos como «El Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810», del uruguayo Blanes, documentador del pasado histórico de ambas orillas del Plata o el cordobés Francisco Vidal con sus « Riquezas Nacionales».
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Con la tecnología del presente, Luna no se limita a «citar» a estos artistas ni echa una mirada irónica sobre una épica histórica, testimonial. Estos cuadros se miran como documentos, con la distancia y el congelamiento que impone el tiempo, reconociendo el idealismo explícito de aquellos que eran partícipes fundacionales de una nación.
¿Cómo se miran las « Visitas» de Luna cuyas imágenes están compuestas a la manera de aquellos artistas?. Ya no es una abstracción que pasa por su mirada, es un realismo que golpea ni bien salimos a la calle y que se enfatiza en los medios de comunicación, piquetes, quema de neumáticos, camarógrafosapuntando a los protagonistas,un «paisaje» cotidiano. Luna compone estas escenas que tienen como fondo paisajes o edificios emblemáticos, un testimonio que aborda con un aura poética pero que ignoramos cómo se verán cuando otros artistas arqueólogos las rescaten de lo que será entonces este pasado desesperanzado.
En una sala contigua, Luna se vuelve cubista y también concreto, vale la pena descubrir a quienes «visita» para rendirles homenaje. Museo de Arte Moderno (Av. San Juan 350). • Lo que Ariela Naftal propone desde las paredes de la Galería Elsi del Río (Arévalo 1748) está lejos de complacer la mirada. Es un viaje, esta vez a través de la fotografía, de un conflicto personal que marcó su niñez y su adolescencia expuesto sin eufemismos. El tema: callarse la boca, los niños no deben opinar, en fin, la incomunicación. ¿Dónde? ¿Cuándo? Alrededor de la mesa familiar durante las comidas. Naftal continúa exorcizando este conflicto con un elemento despersonalizado, platos de loza blanca.
En su primera muestra, una instalación, los intervino delicadamente, por ejemplo, una lágrima, una rajadura, los colocó tradicionalmente alrededor de una mesa también blanca en cuyo centro reinaba omnipresente una pantalla de TV. En otra ocasión los apiló desordenadamente y la amenaza de su desmoronamiento estaba latente. Las fotografías, tomas directas de Diego Wolfson, muestran fragmentos de su delicado rostro, sin maquillaje. Ariela mastica loza, ésta la cubre como una amortaja, otras veces duerme plácida y resignadamente sobre ella. Agrega otro elemento también frío, la cuchara con la que se llena la boca, con la que se atraganta, un ritual de autoflagelación, de autocensura que no la deja respirar. Finalmente esa pila se desmoronó y los platos rotos constituyen un escultura pero encerrada, contenida en una caja de cristal. Una expresión fotográfica angustiante, sin embargo todo parece tan terso... Reveladora de una verdad, explora los infinitos vericuetos de la memoria y no se queda solamente en una estimulación visual.
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