5 de agosto 1999 - 00:00
"MADRE E HIJO"
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Así explicaba Francois Truffaut el éxito mundial del drama bergmaniano «Gritos y susurros», donde, a su juicio, «el público ha intuido inmediatamente que se encontraba a punto de presenciar una obra maestra, y ha decidido verla con una complicidad artística, con una admiración tal que equilibra el efecto traumatizador de los gritos y estertores agónicos» de uno de sus personajes.
«Madre e hijo», obra maestra del ruso Alexandr Sokurov, no tiene el menor grito. Sólo hay una mujer enferma, no importa de qué, un hijo dolorido, unas pocas, brevísimas, conversaciones apenas susurradas, una casa en las afueras de algún pueblo, un campo, un bosquecillo, una cantera donde da la luz de la tarde. Nada más que eso.
A lo lejos pasa un tren. Lo sabemos por el humo de la locomotora. Por ahí, también al fondo, pasa un auto. Alcanzamos a ver fugazmente sus ruedas. Hay momentos de agobio, de puños cerrados de impotencia, de llanto contra un árbol, pero eso también lo vemos de lejos. Pudor, es la palabra.
Como un soneto crepuscular de Leopardi, o una pieza melancólica de Schumann, o los cuadros de Caspar David Friedrich (sí, hay mucha relación entre las pinturas de Friedrich y la fotografía de Alexei Fyodorov), esta película hace que uno vuelque en ella sus recuerdos, sus temores, los temores más intensos de todo hijo, ésos que habitualmente se rehúyen. Da tiempo para elaborarlos y volcarlos en la oscuridad de la sala. Y otorga el consuelo de un amor expresado, de un adiós doloroso, es cierto, porque no puede ser sino doloroso, pero un adiós casi ideal.
Apenas 73 minutos de duración, «Madre e hijo». Y cuando termina, la pantalla queda en negro por medio minuto más, y empieza a sonar una música muy suave, que nadie sabe si es de la banda de sonido, o del propio corazón de uno... Recién entonces, la palabra «Fin». Y algo más de fondo negro, para recuperarse, antes de que se prendan las luces.




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