María Félix fue la última musa y diva del siglo XX

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María Félix, la diva más grande del cine mexicano, murió la madrugada de ayer mientras dormía, el mismo día en que cumplía 88 años. La «Doña», como la conoció el mundo después de rodar uno de sus grandes éxitos, «Doña Bárbara», murió por un paro cardíaco en su residencia del barrio de Polanco en México DF.

La fama y la leyenda de María Félix trascendieron lo puramente cinematográfico: fue, sin duda, una de las grandes musas en la cultura del Siglo XX. A sus encantos sucumbieron muchos hombres, como el muralista Diego Rivera (a quien nunca correspondió) y el músico Agustín Lara (su tercer marido), quien la inmortalizó en la canción «María bonita» en 1943: «En el momento en que tocan eso se te pone la cintura de 40 centímetros, te sientes inteligente, te sientes adorada», dijo ella sobre la canción. Entre sus amistades se contaron Jean-Paul Sartre, Eva Perón, Luis Buñuel (que la dirigió en «Los ambiciosos») y Ernesto «Che» Guevara y Fidel Castro, antes de convertirse en revolucionarios. Su amigo Jean Cocteau dijo de ella: «Es tan hermosa, que duele».

Había nacido como María de los Angeles Félix Güereña en Sonora, hija de un indio mexicano y de una española. A los tres años se trasladó con sus padres y sus seis hermanos a Guadalajara, donde estudió bachillerato y donde, a los 18 años, fue elegida reina del carnaval por su belleza. A los 19 años se casó con Enrique Alvarez, un agente de productos de belleza con el que tuvo su único hijo, Enrique, y del que se divorció en 1934.

Luego conoció casualmente al realizador cinematográfico
Fernando Palacios, quien se convirtió en un auténtico «Pigmalión»: la animó a estudiar canto, interpretación y baile, y la introdujo en el mundo del cine. En 1942 debutó con la película «El peñón de las ánimas», dirigida por Miguel Zacarías, en la que compartió el protagónico nada menos que con Jorge Negrete, con quien años más tarde contraería matrimonio.

Sin embargo, en ese primer encuentro se llevaron muy mal, y ella empezó a demostrar el temperamento de fuego que también la haría famosa:
«Hablando a lo macho: no pienso servir de escalón a muchachas inexpertas que quieren hacer carrera en el cine a mi amparo», le dijo Negrete. Y ella le respondió: «Hablando a lo hembra: admito que usted es muy bueno como cantante, pero como actor es malísimo».

A partir de entonces, se sucedieron las películas y la figura de
María se convirtió en mito. Títulos como «La monja alférez» (1944), «La mujer sin alma» (1944), «Remolino de pasión» (1945) o «La mujer de todos» (1946) sobresalieron en la primera etapa de su carrera. Fue, sin embargo, Emilio «Indio» Fernández quien la lanzó como estrella en «Enamorada», en 1946. Posteriormente vendrían «La diosa arrodillada» (1948), «Que Dios me perdone» (1948) y «Una mujer cualquiera» (1949).

Mientras,
María seguía adquiriendo más fama en lo mundano. En 1944 se casó por segunda vez con el cantante Raúl Prado, del Trío Calaveras, matrimonio que sólo duraría dos meses. Al año se casó con Agustín Lara, de quien se separó en 1947. En España filmó «Mare Nostrum» y «La noche del sábado». Después, tras una breve etapa de cine italiano, viajó a la Argentina (ver recuadro), donde vivió un romance con Carlos Thompson, pero, cuando todo parecía indicar la proximidad de la boda, volvió a México y se casó con su antiguo enemigo Jorge Negrete. Apenas un año después (1953), Negrete moría víctima del alcohol. Fue para entonces que la convocó el gran Jean Renoir, quien le ofreció un papel en «French CanCan». Esta película, acogida con grandes elogios por la crítica, marcó la cima de la corta carrera internacional de María, quien tras un año más en Francia para rodar «Los héroes están cansados» volvió al cine mexicano. Allí inició la «etapa de melodrama revolucionario en color». Con Dolores del Río aparecen juntas en «La cucaracha», homenaje a la revolución mexicana. Trabajó luego en «Juana Gallo» (1963), «La bandida» (1964) y «La casa de cristal» (1967). En 1969 y tras el rodaje de «La generala», se alejó del cine, al que no volvería hasta 1980, para rodar su última película, «La bruja blanca».

En 1975, contrajo matrimonio con el que sería su quinto marido, el industrial y millonario francés
Alex Berger, de quien tomó la afición por los caballos de carreras. En París, vivió con el pintor Antoine Tzapoff, de 46 años, quien la retrató en varias ocasiones. María Félix reapareció en público por última vez a principios de marzo, en un concierto de Luis Miguel, no sin nunca haber dejado de hacer declaraciones públicas altisonantes. La última gran diva nunca se quedó callada.

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