11 de diciembre 2008 - 00:00

Más que inverosímil, un atropello a la razón

Hugh Jackman y Ewan McGregor en «El engaño»: Harvard enseña muchas cosas pero no redime incautos.
Hugh Jackman y Ewan McGregor en «El engaño»: Harvard enseña muchas cosas pero no redime incautos.
El Chicago boy que Ewan McGregor interpreta en «El engaño» se ha de haber quemado tanto las pestañas para ganarse un lugar en la jungla de asfalto neoyorquina, que no sólo descuidó la diversión y el sexo sino que tampoco vio, en toda su vida, una película policial. Si así lo hubiese hecho, jamás habría podido dejarse engatusar tan fácilmente por el presunto abogado que compone Hugh Jackman, tan cool como peligroso y desconfiable.
El problema es que la mayoría del público potencial de este film del debutante Marcel Langenegger sí ha visto policiales, y no parece tan probable que caigan tanto en las trampas como McGregor, ese tipo de personajes que, de tan irritantemente ingenuos, se tienen merecido lo que les ocurre.
Para obtener lo que busca, Jackman, a quien sólo le falta tener estampada en la frente la advertencia «Te voy a fregar» (en el film hasta llega a decirlo, naturalmente con el más explícito y polifuncional verbo inglés) le ofrece de todo al incauto aunque simule no proponérselo; lo principal, su inclusión en un «club de sexo» cuyos integrantes de alto nivel, femeninos y masculinos, forman parte de un círculo cerrado y anónimo, y se citan al azar a través del celular en hoteles de lujo (es decir, una versión express de los sitios de búsqueda en Internet, que evita el tiempo perdido en chat, envío de fotos y gastos de café y salidas).
McGregor, siempre con el mismo candor, apresura su caída al vacío desde que empieza a saltar de cama en cama con mujeres fabulosas y calientes, incluyendo una veterana tiburona como Charlotte Rampling, y si bien sería demasiado exigente pedirle al guión alguna explicación psicológica acerca de cómo un mastuerzo se transforma en un playboy en un par de noches, al menos se le puede reclamar un mínimo de verosimilitud cuando el mismo personaje, hasta hace un rato sólo interesado en cifras, planillas y variables económicas, se enamora locamente de una rubia que sólo le preguntó por una estación de subte.
Llegado a ese punto, el umbral de tolerancia hacia el film se ve demasiado desafiado, sobre todo cuando empieza a comprenderse que el argumento echó mano de ese recurso, el amor pasional, porque de otra forma no habría podido justificar una posterior escena de secuestro y chantaje. ¿Por qué no haberse valido de un familiar, por ejemplo, en lugar de forzar ese descabellado enamoramiento? Cientos de policiales salieron del paso con eso.
Pero no: «El engaño», un thriller que con tal de utilizar la gramática clásica del género no repara en cuánto ofende a veces a la razón, insiste en que se crea que puede existir un personaje como el de McGregor, y cuando la historia acusa un twist ulterior que, en principio, podría redimirlo, el desenlace termina de convencernos que todo puede ser peor.
M.Z.

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