4 de julio 2001 - 00:00

"Me fui de Cuba huyendo de la nada y la censura"

El gran clarinetista cubano Paquito D'Rivera tocará en el Teatro Colón el mes próximo. En Nueva Jersey, dialogamos con este enorme músico, el más prestigioso compositor latino de jazz. D'Rivera no sólo habla de música: exiliado desde hace muchos años, sostiene que "el arte abstracto no le gusta a ningún dictador", recuerda episodios tragicómicos de censura en Cuba y otros mucho más graves, como el estado de guerra y peligro permanentes, o la hipocresía de muchos intelectuales ante el régimen.

Paquito DRivera.
Paquito D'Rivera.
Nueva Jersey - Paquito D'Rivera llegará a fines de julio a Buenos Aires para tocar en el Teatro Colón y dar una clínica a instrumentistas de jazz en el marco del IV Festival Internacional de Música. Antes de viajar, el clarinetista cubano dio esta entrevista en su casa de Nueva Jersey, río por medio de Manhattan, explicó los sentimientos que le provocan Buenos Aires y el tango, y la razón que lo impulsó a dejar su tierra para exiliarse en Estados Unidos, donde, de la mano de su amigo Dizzie Gillespie se convirtió en poco tiempo en el compositor latino de jazz más reconocido.

Allí, en el centro de la aldea global, el exilio y la distancia propiciaron su acercamiento a los ritmos caribeños, que antes rechazaba por sentirlos impuestos.

-A mí me pasó como a una gran escritora cubana, Lidia Cabrera, que se exilió en París en el '60; entonces dijo: «Yo descubrí a Cuba a orillas del río Sena». Yo aquí, a orillas del Hudson, descubrí la música cubana, y la latinoamericana. A mí me inmoviliza el bandoneón; es el instrumento más expresivo que conozco. Soy un admirador incondicional de Piazzolla; es algo enfermizo lo que me pasa con ese hombre. Hugo del Carril fue también un artista que quisimos mucho. Nosotros los cubanos tenemos una formación de película argentina. La mujer de mi vida no ha sido Brenda (su esposa, la cantante lírica Brenda Feliciano), sino Libertad Lamarque. Yo ya de chico en La Habana me sabía dónde quedaba la calle Corrientes y todo eso. En la Argentina había vida...

Yo me fui de Cuba huyendo de la nada. Oye, eso es lo más terrible: la nada. En una cárcel, en un campo de concentración, siempre pasa algo; aunque sea algo terrible, algo ocurre, el terror diario... Ahí en Cuba es la nada... No hay comida, no ha venido nadie, el teléfono no ha sonado, no hay electricidad...

Mira, para dar una idea de cómo es, te cuento mis conversaciones telefónicas con familiares o amigos. Más o menos así empezamos:

-Oye, ¿qué estás haciendo? -me preguntan-. Y yo les cuento: -Estoy escribiendo un concierto de flauta ahora, y además cayó un aguacero espantoso y el carro se me rompió y se me hizo tarde para ir a Manhattan a dar un concierto, no sabes qué problema... ¿Y tú?
-Ná... -¿Y tu hermana? -Ahí...
-¿No se había casado? -Sé...
-¿Y qué hacen ella y el marido? -Ná...

No pasa ná..., es una vida horrible, especialmente para los artistas. Había que irse. No es que de este lado los dólares crezcan en los árboles y todas las mujeres se vuelvan locas por ti, no es así, pero por lo menos puedes perseguir tu felicidad. Otra cosa que me expulsó de Cuba fue la censura, claro.

El jazz no estaba prohibido por ley pero era un sobreentendido. Tampoco hay ninguna ley que diga que no se puede tocar a la mujer del vecino, pero todo el mundo sabe los riesgos que corre si lo hace. Con el grupo
Irakere, una vez estábamos por grabar una canción que se llamaba «Fiebre». No nos dejaron. ¿Y sabes por qué? Argumentaron que no podía salir un disco con ese nombre porque podía pensarse que el pueblo cubano era un pueblo enfermo, y eso contrastaba con los esfuerzos que hacía la revolución para llevar salud a todos los cubanos (se ríe). A nosotros, los de Irakere, nos acusaban de ser «un montón de jazzófilos», una calificación inquietante en Cuba...

Pero no era sólo el jazz lo que molestaba. Una vez un dúo que se llamaba Juan y Junior inventó una canción que narraba la historia de una niña que salía a caminar por su pueblo; la niña caminaba y caminaba hasta que se perdía. Prohibieron la canción: el ministro del Instituto Cubano de la Radiodifusión dijo que «cómo iba a perderse una niña; en Cuba no hay desaparecidos...»

Ellos no tenían ningún tipo de afinidad con la música, y con el jazz menos. Estaban demasiado ocupados en su estrategia. En el caso de Hitler o de Lenin era distinto. A Lenin le encantaba la ópera. En realidad, el arte abstracto no le gusta a ningún dictador. Los dictadores quieren ver claro, saber qué es lo que tú quieres decir. Uno puede tratar de explicar, pero es inútil si ellos no ven claramente el mensaje. La expresión libre del arte puede ser malinterpretada por los dictadores, y entonces el disgusto puede ser grande.

¿Te acuerdas el caso del poeta Heberto Padilla? Lo forzaron al pobre a hacer un mea culpa público por los versos que escribía, algo realmente patético y ridículo. El caso de Heberto fue algo muy sonado en el ambiente de los intelectuales, toda esa gente en Europa que se decía admiradora de la revolución cubana y se había creído el cuentecito de Fidel. Cuando pasó la humillación de Heberto empezaron a dudar un poco. Ellos se quejaron cuando les empezó a apretar el zapato, siempre es así. Ahí salieron Vargas Llosa y Sartre. Cuando se firmó todo aquello en defensa de Padilla, Alejo Carpentier dijo: -Yo no firmo chico, no estoy loco. El intelectual que se enemista con la izquierda está perdido, pierde su público. Gabriel García Márquez protestó livianamente, como él suele hacer en esos casos...

Yo lo conocí a Guevara y hablé con él una vez. Hablé; no es cierto que haya discutido con él, como alguien escribió exageradamente. ¡Qué iba a discutir! Nada menos saludable que discutir con esa gente. El sistema comunista es un sistema militar donde ellos están en guerra contra el resto del mundo. O sea: si el sargento le dice a uno, en tiempo de guerra, vaya a hacer tal cosa y uno se opone, o pretende demostrar lo inapropiado de la orden, corre riesgo de muerte. No es broma. En Cuba el régimen vive como si todo formara parte de una guerra.

Así que nada de disentir... Y menos con el Che. A los quince años yo lo quería conocer. El era una persona extravagante, sin duda: un tipo que hablaba con
eyes y eshes, vestido de verde, con una boina y una escopeta; era una cosa rara, ¿no? El encuentro fue en lo de un amigo. Me acerqué y le dije: - Mire comandante, hace tiempo que le quería dar la mano. -Ahá -dijo él y me miró de arriba abajo con curiosidad. ¿Y vos qué hacés? Y yo, medio tímido, le dije: - Comandante, soy músico. Entonces él: -No me entendiste; yo quiero saber en qué trabajas. Y todos los alcahuetes que lo rodeaban se rieron. Me callé la boca y pensé: qué tipo comem... qué bol... No se lo dije, imagínate, si no no estaría acá... El Che era peligrosísimo, era de mandar al paredón de inmediato. Un amigo mío comunista me dijo que era mucho peor que Fidel. Allá hay censura torpe y censura dura, ideológica. De todos modos, Cuba no es China; el nuestro es un pueblo alegre; hace calor... los cubanos somos gente muy sensual, muy musical.

Mira, hay una escritora china que se llama Anchee Min; ella escribe sobre la sacrificada vida en el campo (igualito que en Cuba), y nosotros la tenemos a la loca de Zoé Valdés, una escritora cubana que narra las penurias de la vida cotidiana en mi país. En la obra de Min tú no sonríes ni un segundo; es el maoísmo puro y vertical, es la misma ideología, exactamente igual, la que ellos trataron de imponer en Cuba. En los libros de Zoé, sin embargo, a pesar de que hay momentos en que lloras y sientes rabia, hay muchísimos instantes en que te ríes sin parar. Es Cuba, es el espíritu cubano que atraviesa y está más allá de la losa de los regímenes asfixiantes. Yo rescato al país, no al gobierno. Yo no creo que Stalin tenga nada que ver con la grandeza de Shostakovich. Extraño a Cuba pese a todo. ¿A quién le puede gustar perder el lugar donde nació?


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