Ya fuera con standars de jazz, temas propios o temas más cercanos al pop, Brad Mehldau y su trío hicieron gala de un gran refinamiento, sutileza de toque y economía de recursos.
Actuación de Brad Mehldau (piano). Con Larry Grenadier (contrabajo) y Jorge Rossy (batería). (Teatro Coliseo, 4 de noviembre.)
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El virtuosismo de Brad Mehldau va mucho más allá de la capacidad de tocar muchas notas en poco tiempo y de exhibir una destreza quasi gimnástica. Frío en su estética -«cool» podría decirse, asociándolo con la época introvertida de Miles Davis-, al frente de un trío que se mueve como si hiciera música clásica, Mehldau hizo gala de un refinamiento, de una sutileza de toque, de una economía de recursos, que sorprendió desde la primera nota. No importa si toca standards del jazz (« Skippy» de Thelonious Monk, «Someone to watch over me» y «How long has this been going on?» de George Gershwin), temas propios a los que aún ni siquiera les puso nombre, o piezas asociadas al repertorio pop, como «50 ways to leave your lover» de Paul Simon, «She's leaving home» de Lennony McCartney, « Everything in its right place» de Radiohead, o una composición del brasileño Toninho Horta. El pianista se regodea tanto en la presentación de las melodías como en las variaciones, muchas veces más asociadas al modo clásico que al jazz.
Nunca pierde la línea ni el sentido de su discurso. Así va construyendo un concierto de un virtuosismo elegante que no necesita exhibicionismos estériles. Y no le importa tampoco saber que vino a Buenos Aires para presentar su último álbum «Live in Tokyo» grabado en solo de piano; de allí sólo elige las dos piezas de Gershwin. Sus dos compañeros del trío no le van en zaga. Larry Grenadier es dueño de un sonido robusto y de una afinación impecable, y se asocia perfectamente al lenguaje del líder. Del mismo modo, Jorge Rossy se mueve sobre los platillos y los parches de la batería con la marcación justa pero sin olvidarse de adornar sus interpretaciones de sutilezas tímbricas. R.S.
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