14 de marzo 2007 - 00:00

Michel Piccoli: a la vejez, faldas

Michel Piccoli se traviste a los 80 en«Jardines de otoño», de Otar Iosseliani,vista en el festival de Mar del Plata.
Michel Piccoli se traviste a los 80 en «Jardines de otoño», de Otar Iosseliani, vista en el festival de Mar del Plata.
Mar del Plata (Enviado especial) - No es lo mejor de Otar Iosseliani, el veterano autor de «Los favoritos de la luna», pero su nueva comedia, «Jardines en otoño», lució ayer entre lo más señalable que se ha visto hasta ahora en la competencia oficial (que ya va por la mitad). El problema de «Jardines...» es que tiene un prólogo excelente, y un primer capítulo formidable, y después simplemente transita sin mayores variantes, pero, aun así, se mira con placer.

Esta vez, la historia refiere los cambios de vida de un ministro imprevistamente sacado del cargo, y las vueltas de la vida, cuando éste se cruce con su reemplazante (que, a esa altura, también fue sacado del cargo), tras diversas escenas de protocolo y ceremonial, mudanzas y retornos, animales exóticos y mujeres varias, comidas compartidas, músicos ambulantes, personajes de actitudes aparentemente extemporáneas, absurdos risueños, lindos jardines y chateaux, y tipos que mantienen su compostura a toda prueba, prácticamente todo sin necesidad de mayores explicaciones, a puro cine, con la debida elegancia, y con el inefable Michel Piccoli en el papel de madre del ministro.

Tal cual, el perverso preferido de Buñuel y García Berlanga esta vez hace de vieja que guarda los euros, lleva adelante la casa, y atiende las visitas. Una lástima que Iosseliani deteste viajar. Sus viajes más largos han sido entre Georgia, de la que huyó cuando joven y a la que visitó al caer el comunismo, y París, donde vive y toma su diario vinito blanco. Pero ojalá el festival hubiera traído a Michel Piccoli.

Lo mismo pasó con la coreana «La mujer en la playa», sobre un director sin ganas de concentrarse, y la amiga de su asistente, una carita rellena que se hace la interesante y queda reemplazada por una treintañera más agradable. Solo que en este caso hay una linda vista de unas casas iluminadas sobre la costa, un perro que mira a cámara, y no mucho más.

En cuanto a la competencia latinoamericana, se vio «Sonhos e desejos/ Dancing in Utopia», vaga reflexión brasileña sobre la ingenuidad de los aspirantes a guerrilleros en los '70 (la carita de un perejil mirando a su jefe cuando vienen los tiros es lo más señalable, junto a los desnudos de la protagonista), y el documental «M», de Nicolás Prividera, una reflexión mucho más seria sobre el mismo asunto, donde el autor, en primera persona, investiga la muerte de su madre, y acusa no solo a la represión del Estado, sino también a los viejos militantes que todavía rehúyen el mea culpa. Discutible, pero comprensible, el aire de soberbia del autor.

En paralelas, mientras tanto, empiezan a cosechar aplausos «La tourneuse de pages» (sutil venganza de una chica contra la pianista que le arruinó un sueño de infancia), «Vitus» (linda historia de un chico que se niega a ser niño prodigio, apoyado por su abuelo Bruno Ganz), el emotivo «Nuovomondo» (que en un momento se pensó que iba a inaugurar el festival), y, entre otros, el notable «La strada di Levi», documental de Davide Ferrario rehaciendo el camino de diez meses y nueve países que soportó Primo Levi al salir de Auschwitz, hasta poder llegar a su casa en Turin, tal como lo cuenta en su libro de memorias «La tregua».

P.S.

Dejá tu comentario

Te puede interesar