4 de noviembre 2004 - 00:00

Mucho más que un buen film policial a la inglesa

En «La jugada» regresa el veterano realizador inglés Mike Hodges con un film que va más allá del policial tradicional.
En «La jugada» regresa el veterano realizador inglés Mike Hodges con un film que va más allá del policial tradicional.
«La jugada» (« Croupier», G.B.-Al.-Fr.Irl., 1998, habl. en inglés).Dir.: M. Hodges. Int.: C. Owen, A. Kingston, G. McKee, K. Hardie, N. Ball.

Reapareció el veterano director inglés Mike Hodges («Get Carter, asesino implacable»), ahora con una buena historia de cuño policial, que sigue debidamente las reglas del género, y es también, al mismo tiempo, otra cosa. Vale decir, puede verse de una u otra manera, y ambas placenteramente.

En primer término, cuenta la historia de un joven a quien su padre le consigue trabajo en un casino. Pronto sabremos que el muchacho ya había sido croupier en Sudáfrica, no pensaba volver a ese tipo de ambientes, y lo hace sólo porque espera hallar ahí los motivos para una buena novela. El quiere ser novelista. Y así, de a poco, se irá desdoblando entre el que observa y toma apuntes, y el que reparte las cartas, y por su habilidad puede participar incluso en algún desfalco.

¿Y acaso hay mejor asunto para una novela sobre los casinos, que un buen delito cometido con, por lo menos, tres mujeres alrededor del protagonista? Una es su novia, personal de seguridad que afirma la honradez del protagonista. Otra es una clienta, con algo del ancestral continente negro avivando «el africano que llevamos dentro», según dice el joven. Algo así como cuando acá se decía «se me despertó el indio». Y la tercera mujer está para desempatar.

Típico de Hodges, el personaje tiene una doble cara. Propio de su guionista Paul Mayesberg, que supo trabajar con el maestro francés Jean Pierre Melville (el de aquella de casinos, «Bob le flambeur»), el personaje sólo necesita dos escenas de trompadas. Este no es un policial americano, sino británico viejo estilo, bien atractivo aun para quien no sepa nada de naipes ni ruletas.

Y ahí, si uno quiere, vamos a la otra cosa, que está para el que quiera verla, y si no, no importa: la reflexión del autor sobre su obra. En los títulos de presentación, donde director y libretista comparten la autoría, en cierto manejo del off y de la cámara (por ejemplo, cuando el personaje observador se siente por encima de todos y la cámara se eleva en cenital), en alguna máxima del gran narrador Ernest Hemingway, tan buena para soportar la vida como para definir personajes, en los chistes que adornan ocasionalmente la escenografita, como los hotelitos «Journey's End» y «Border Hotel», y sobre todo en el lindo modo con que nuestro héroe logra, felizmente, su sueño de ser leído por multitudes que ignoran su nombre, puede advertirse el guiño de ese tipo de artesanos que nunca figurarán en los libros de los grandes nombres, pero siempre habrán de aparecer en las carteleras. Y no por eso se andan dando corte.

P.S.

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