9 de junio 2004 - 00:00
"Muchos premios literarios restan calidad y confunden"
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Para Antonio Soler, «la función principal de la literatura es que el lector se vea retratado en las páginas que lee».
Periodista: Acaba de ganar el premio Nadal. No será un bestseller pero viene cosechando premio tras premio...
Antonio Soler: Los críticos me consideran un marginal, un lobo estepario de la letras. Ni lobo, ni estepario. Lo que más me importa es la creación literaria, pero no puedo olvidar que estoy involucrado en un industria que se mueve con efectos mediáticos. He utilizado los premios para paliar el no estar en círculos literarios o que no me paseo por los centros de la cultura, como Madrid o Barcelona. Los premios permiten divulgar obra y, a veces, sanean la cuenta bancaria. Pero, como en España hay una inflación de premios, la cantidad resta calidad y confunde. Bueno, siempre habrá autores de barro a los que le harán creer, una temporada, que son de oro macizo.
A.S.: Onetti,Arlt, Cortázar son maravillosos, y en ese sentido estaría encantado de ser rioplatense. Mis personajes siempre están tratando de ubicarse porque no están a gusto donde están. Buscan algo y no saben bien qué. Son inseguros y disparatados. Miguelito Dávila, el protagonista de «El camino de los ingleses» quiere ser poeta, pero no ponerse a escribir. La figura del poeta le permite escapar del entorno. Es un chico humilde, con un destino mediocre, que se cruza en un hospital con un señor que lee «La Divina Comedia» y aprende que la poesía no es una acto de debilidad sino de fortaleza. Y se siente tan Dante que se enamora de una Beatriz suburbana que le será infiel con un corredor de ropa interior femenina.
A.S.: Junto a Dávila puse a un chico abandonado por su padre un día de tormenta y que imagina, no lo cree, que se lo llevaron las nubes, como se llevan a los sapos, y que un día el susodicho será llovido en cualquier lugar del planeta. Como los otros busca escapar de la realidad, no quiere enfrentarla. Y como trato de esa edad de pasaje donde aparecen conflictos y obsesiones, la amistad y el desencanto, y el sexo, no falta la chica medio ninfómana, ni la que sueña con ser bailarina, ni la fantasías con Hollywood, ni el hampón medio pelo. Todos antihéroes, y tan disparatados como cualquiera (ríe).
P.: ¿Por qué le puso «El camino de los ingleses?
A.S.: Prácticamente la mitad de la novela la escribí en Francia, en la frontera con Bélgica, en la casa de los padres de Margueritte Yourcenar, que hoy es la Fundación Yourcenar. Hay allí cerca una calle llamada Camino de los ingleses, que da a un cementerio de soldados británicos de las dos guerras. Imaginé que allí habría enterrados, olvidados, dramas íntimos de personas, heroicas o cobardes, que no aparecen en la Historia con mayúscula. Pensando en eso hice que mis personajes se reunieran en la calle «El camino de los ingleses», como una vía de escape para vivir el último verano de su inocencia y atravesar ese puente, que ya no es el de la novelas de iniciación, sino el que lleva de la adolescencia a la adultez.
P.: ¿Qué buscó con su novela?
A.S.: Poner un paisaje frente al lector y que, al concluir la novela, descubra su propio rostro. Los paisaje por donde uno transita definen su propia biografía. Busqué que con el paso de las páginas el libro se convierta en un espejo, donde el lector se reconociera a sí mismo y recordara los tiempos en que sus sueños aún eran posibles. Retratar al que lee en paisajes ajenos es una de las funciones primordiales de la literatura.
Entrevista de Máximo Soto




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