13 de junio 2003 - 00:00

Murió ayer Gregory Peck

H ace apenas tres días, el American Film Institute determinó que Atticus Finch, el abnegado abogado de «Matar a un ruiseñor», era el personaje más bondadoso de la historia del cine. Precisamente, y a diferencia de la imagen de otros de sus coetáneos, era bondad lo que transmitía Gregory Peck, aun en sus papeles más duros y difíciles. A los 87 años, Peck murió en su casa de Los Angeles el miércoles por la noche, mientras dormía. A su lado estaba su última esposa, la periodista francesa Veronique Passani, con quien se casó en 1955.

«Fue un romance de película» recordó Passani hace poco en un excelente documental que se vio por Cinemax. Ella recién había entrado a trabajar en la redacción de una revista, y la primera tarea que le tocó en suerte fue entrevistar a la estrella americana, que estaba en París presentando «La princesa que quería vivir», justamente, la historia del romance entre un periodista ( Peck) con la princesa de incógnito Audrey Hepburn. La entrevista derivó en una cena, luego en una larga correspondenica, y finalmente en el registro civil.

Sex symbol mundial durante gran parte de su carrera, a Peck le encantaba bromear sobre el magnetismo que despertaba en el sexo opuesto. En Buenos Aires, durante la conferencia de prensa que ofreció en el hotel Plaza cuando vino a publicitar el film que rodó para Luis Puenzo, «Gringo viejo» (ya tenía 72 años), una periodista madura le recordó esa condición: «¿Sabía que para nosotras, las argentinas, usted fue un sex symbol?». Peck la miró fijo y le respondió: «¿Qué? ¿Acaso he dejado de serlo?».

En su físico y estilo se mezclaban el militar y el sacerdote. De hecho, alguna vez acarició la idea de consagrarse a la religión, y en algunas de sus películas épicas, como «David y Betsabé», pudo cumplir en la ficción el titánico papel del Rey David, o interpretar a un sacerdote en su segundo protagónico, «Las llaves del reino», sobre la novela de A. J. Cronin.

En sus más de 50 películas, sólo en una única ocasión le tocó hacer de malvado, cosa que ocurrió cuando interpretó al nazi de los experimentos genéticos en «Los niños de Brasil». Una única mancha en una extensa filmografía basada casi exclusivamente en personajes de sólida integridad moral, muchas veces con la carga sobre sus espaldas del peso del mal, como en «Cabo de miedo» (llamada «Terror» en su estreno original), acosado por el malvado Robert Mitchum, o inclusive en «La profecía», perseguido por el mismo Satanás.

•Su carrera

Gregory Peck había nacido en La Jolla, California, el 5 de abril de 1916, bautizado Eldred Gregory Peck (el primer nombre, que sus padres tomaron al azar de una guía de teléfonos, lo dejó de lado muy pronto). A los 10 años ingresó en la Academia Militar de St. John en Los Angeles, donde recibió instrucción militar y formación católica. De adolescente cambió de paisaje, se mudó a Nueva York, sobrevivió con algunas changas, y llegó a Broadway como actor de reparto. Su actuación en «Morning Star» en 1942 le llamó la atención al zar de la producción David O. Selznick, pero no superó las pruebas de audición. Sin embargo, dos años más tarde, obtuvo un protagónico en « Días de gloria» («Days Of Glory», de Jacques Tourneur), donde interpretó a un guerrillero ruso. Al año siguiente haría la citada «Las llaves del reino».

Durante la guerra, una lesión en la columna vertebral lo eximió de ir al frente, y a la vez le posibilitó el asentamiento de su trabajo en Hollywood. Después de hacer una película de época, «
El valle de la abnegación» («Valley Of Decision», Tay Garne tt, 1945), ese mismo año lo convocó Alfred Hitchcock para protagonizar, junto a Ingrid Bergman, el clásico psicoanalítico «Cuéntame tu vida» («Spellbound»).

Su carrera en el cine durante los años 40, considerando su juventud y el todavía poco conocimiento que tenían los grandes estudios de él (nunca quiso firmar contratos a largo plazo con ninguno), es realmente extraordinaria y rica en estilos. Bastarían citar el western «Duelo al sol» («Duel In The Sun», King Vidor, 1946), con la deslumbrante Jennifer Jones; el profundo drama de Elia Kazan que denunció algunas formas de antisemitismo en los EE.UU. «La luz es para todos» («Gentleman's Agreement», 1947); inmediatamente otro Hitchcock, «Agonía de amor» («The Paradine Case», 1947), para llegar, en 1949, a uno de los mejores films de guerra de toda su carrera, «Almas en la hoguera» («Twelve O'Clock High, de Henry King), en el que interpretó a un brigadier que debía disciplinar a un grupo de jóvenes bombarderos.

En los años 50
Peck intensificó su participación en películas bélicas, alternándolos con su clásico romántico ya citado «La princesa que quería vivir» («Roman Holiday», de William Wyler) hasta que al promediar esa década interpretó dos de sus títulos más característicos y exitosos: fue el célebre Capitán Ahab, enfrentado a la ballena blanca, en el «Moby Dick» de John Huston, y también el ex soldado enfrentado a problemas éticos en «El hombre del traje gris» («The Man In The Gray Flannel Suit», de Nunnally Johnson), nuevamente junto a Jennifer Jones.

Como productor, realizó y protagonizó
«Horizontes de grandeza» («The Big Country», 1958, William Wyler), para iniciar los 60 con una serie de títulos consagratorios: el clásico «Los cañones de Navarone» («The Guns Of Navarone», 1961, J. Lee Thompson), y luego y ese mismo año «Cabo de miedo-T error», también de Thompson. Mucho tiempo después, Martin Scorsese haría un remake de esa película, con Robert De Niro y Nick Nolte, en el que le reservó papeles secundarios a Peck y Mitchum, protagonistas del original.

En 1962, con su papel de Atticus Finch en
«Matar a un ruiseñor» («To Kill A Mockinberg», de Robert Mulligan), obtuvo un Oscar de la Academia por su emotiva y convincente interpretación del modesto abogado que lucha por salvar a un hombre negro inocente, a quien se lo acusa injustamente de un acto criminal sólo por prejuicios racistas. Paradójicamente, luego de este gran triunfo la carrera de Peck empezó a declinar. Después de «Matar a un ruiseñor», y aun cuando su trayectoria continuó sin pausas, la calidad de los largometrajes que interpretó ya no fue la misma.

•El final

Entre otros films, podrían citarse «La noche de la emboscada» («The Stalking Moon», 1968, Robert Mulligan), «El oro de McKenna» («McKenna's Gold», 1969, J. Lee Thompson), y «Su venganza era matar» («The Shootout», 1971, Henry Hathaway). En 1976, su participación en el citado film de terror «La profecía» («The Omen», de Richard Donner) le proporcionó una nueva popularidad, sobre todo entre las generaciones jóvenes que ya no lo tenían tan presente. Al año siguiente volvió al cine bélico con «MacArthur, el general rebelde» («MacArthur», de Joseph Sargent), y un año más tarde la controvertida «Los niños de Brasil» («The Boys Of Brazil», de Franklin Schaffner). Después de «Gringo viejo» de Puenzo (1989), un proyecto que financió Jane Fonda y que no tuvo demasiada fortuna (interpretó allí al mítico escritor Ambrose Bierce), la carrera de Peck concluyó con participación en el telefilm de Arthur Penn «Retrato de un amor» («The Portrait», 1993).

En sus últimos años, y a la manera de
Anthony Quinn, recorría los Estados Unidos con unipersonales de diálogo con el público, relatando su vida. «Amo mi trabajo, a mi esposa, a mis hijos y a mis amigos. Y me digo: 'Eres un hombre con suerte Gregory Peck, un hombre muy afortunado'». Pero, actor al fin, evitaba contar, por pudor o dolor, la conflictiva relación que siempre mantuvo con sus hijos (uno de ellos se terminó suicidando). Detrás del rostro de un hombre pacífico y bondadoso suele haber tempestades, y ese fue siempre uno de sus secretos mejor guardados.

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