31 de agosto 2001 - 00:00

Murió ayer Paco Rabal, un gigante del cine europeo

Francisco Paco Rabal.
Francisco "Paco" Rabal.
(30/08/2001) Francisco «Paco» Rabal Valera, cuya carrera se había iniciado en el cine religioso, murió ayer en el cielo. Fue su última, trágica broma buñuelesca. El gigante de la pantalla española y mundial volvía ayer del Festival de Montreal, que le había tributado un homenaje, y se sintió indispuesto a bordo del avión de British Airways que lo llevaba de regreso a Madrid.

Aunque el piloto hizo un aterrizaje de emergencia para que fuera atendido, ya era demasiado tarde cuando tocó tierra. El aeropuerto, otra paradoja en una vida dedicada con pasión al cine, tampoco era cualquier aeropuerto sino el de Burdeos: allí mismo donde rodó su película crepuscular, «Goya en Burdeos», de Carlos Saura, en la que proyectó su sombra inmensa sobre la otra sombra, la del artista cuyos ángeles y demonios tanto tuvieron en común con su propia vida y con la de los personajes que le tocó interpretar a lo largo de 188 películas e incontables obras de teatro.

El pequeño «Paco» había nacido en Aguilas, provincia de Murcia, en 1926, y fue el segundo de los tres hijos de un minero y una molinera. La fuerza de esa tierra, dirá más adelante, se le pegaría al alma. Avido de lecturas, de viajes, de mujeres, de vino, de placeres y también -a su manera-de santidad, su encuentro con Luis Buñuel, después de una carrera ya reconocida, produjo una de las películas más religiosamente ateas que haya dado el cine, «Nazarín» (1958). Su papel, el del humilde sacerdote Don Nazario, que mientras intentaba llevar a la práctica los preceptos cristianos no hacía otra cosa que provocar calamidades, fue devastador.

Buñuel
no sólo estableció con Rabal una amistad indestructible, prolongada en largas tertulias de café y algunas borracheras, sino que lo convocó para otras dos de sus obras maestras, «Viridiana» (1961), en la que interpretó al primo Jorge, y «Belle de jour» (1967), donde compartió el cartel con Catherine Deneuve. Pocos meses atrás, Rabal dio a conocer su vasta correspondencia con Don Luis, que se editó en forma de libro.

Antes de iniciarse en el cine, Paco se estableció con su familia en Madrid durante su niñez, y fue vendedor de pipas y caramelos. También ejerció el oficio de aprendiz en una fábrica de chocolates y se preparó como técnico electricista. La poesía, en su adolescencia, fue una de sus primeras pasiones. En el colegio Nuestra Señora del Recuerdo fundó un diario en el que publicó sus primeras rimas, y con un grupo de aficionados empezó a representar obras de teatro. De esa época data su primera pieza, «La escuela alborotada».

En 1936 ingresó en los Estudios Cinematográficos Chamartín para llevar a la práctica sus conocimientos de electricidad. Por fortuna, no permaneció mucho en esa tarea. A los 16 años, en 1942, debutó en la olvidada película «La rueda de la vida», en un papel secundario. «La pródiga» (donde compartió elenco, por primera vez, con Fernando Rey), «La Lola se va a los puertos» y «Don Quijote» se contaron entre las primeras películas que rodó a lo largo de su vida.

Con el impulso de Dámaso Alonso y de Luis Escobar (el inolvidable Marqués de Leguineche de las películas de Luis Berlanga), la carrera de Rabal se asentó en el cine y el teatro. De esa época (1951) data su casamiento con la actriz María Asunción Balaguer, con quien tuvo dos hijos, Benito (hoy director de cine) y la cantante Teresa, que se casó con el folclorista argentino Eduardo Rodrigo. La tradición familiar se continúa con su nieto, el actor Liberto Rabal.

Rafael Gil
, prolífico cineasta durante los años '50, le dio al socialista Rabal varios papeles en películas de temática religiosa como «Sor intrépida» o «El beso de Judas», pero será con «Nazarín», rodada en México, cuando su carrera se proyecte internacionalmente. Su rostro, con esa nariz marcada que durante su juventud despertó tantas pasiones, se convirtió en uno de los emblemas del cine europeo.

En los años '60, la década más importante en su carrera, lo convocaron -entre los más importantes-realizadores del prestigio y la fama de
Luchino Visconti (para uno de los episodios del film «Le streghe»), Michelangelo Antonioni («El eclipse»), el español Carlos Saura («Llanto por un bandido»), el francés de la nouvelle vague Jacques Rivette («La religiosa») y el brasileño Glauber Rocha («Cabezas cortadas»). También de esa década data el inicio de su relación con el cine argentino, que se prolongaría hasta hace muy poco.

Rabal y la Argentina

Fue Leopoldo Torre Nilsson el primer cineasta nacional que llamó a Rabal para una película suya, que fue nada menos que «La mano en la trampa» (1961), sobre la novela de Beatriz Guido, y en la que compartió el protagónico con Elsa Daniel. Ese mismo año, Lucas Demare le da uno de los papeles centrales en otro clásico criollo, coproducido con España, «Hijo de hombre», donde actúa con Olga Zubarry y Carlos Estrada. Era su película argentina favorita.

Al año siguiente,
Rabal vuelve a rodar con Torre Nilsson «Setenta veces siete», sobre libro de Dalmiro Sáenz, el insólito film donde se cruzaba el intelectualismo del cineasta con el erotismo popular de Isabel Sarli. Rabal se enamoró de ella, le dedicó varios poemas, pero la mirada vigilante de Armando Bó impidió más acercamientos que los líricos.

En 1965, será
Manuel Antín quien lo tenga en el elenco de la cortazariana «Intimidad de los parques», y diez años después Héctor Olivera en la borgeana «El muerto», junto a Thelma Biral y Juan José Camero. La última intervención de Rabal en una película argentina se produjo en 1997 en «Pequeños milagros», de Eliseo Subiela.

A la par de su amigo y colega
Fernando Rey, la carrera de «Paco» Rabal también recorrió, durante los años '70, un camino errático, tal vez como resultado de la crisis global de la pantalla europea en esa década. Para divertirse, o simplemente para ganar dinero, Rabal apareció en numerosas películas infames, aunque muchas de ellas representen hoy, para ciertas plateas, el humilde placer de la «bizarrería». Sólo basta mencionar algunos títulos para darse una idea de lo que eran: «Planeta Venus», «La invasión de los zombies atómicos» o «La violación de la señorita Julia».

Cada tanto, aparecía también alguna coproducción internacional que lo convocaba en el elenco
(«El desierto de los tártaros», de Valerio Zurlini) o, a partir de la muerte de Franco, la posibilidad de actuar en algunas producciones de corte político como «Las largas vacaciones del 36», entre las más destacadas.

Resurrección

En la década del '80, sin embargo, la carrera de Rabal reverdeció. Por supuesto, su estampa ya estaba muy lejos de la del galán rompecorazones, no tanto por la edad como por culpa de un cuerpo que no cuidó demasiado, sumado a su progresiva gordura y a las huellas que le fueron dejando su afición al alcohol y al tabaco.

Fue el director
Mario Camus quien le dio, en dos películas, su nuevo pasaporte al cine internacional. Primero en «La colmena» (1982), sobre la impar novela de Camilo José Cela, y sobre todo en «Los santos inocentes» (1984), donde compuso a Azarías, un personaje excepcional. Rabal acompañó esa década de renacimiento del cine español con el suyo propio en películas como «Epílogo», «El disputado voto del señor Cayo», «La vieja música» (con Federico Luppi), «Luces de bohemia», «Tiempo de silencio», «Atame» (de Pedro Almodóvar) y «Los zancos», entre muchas otras. Internacionalmente, también, vuelve a ser convocado, entre muchos otros, por la italiana Lina Wertmüller («Camorra») y el mexicano Arturo Ripstein en «El evangelio de las maravillas».

Rabal
, que luego del homenaje en Montreal iba a recibir otro en el próximo Festival de San Sebastián, fue un mimado por los premios y las distinciones internacionales. Entre ellos, el doctorado honoris causa de la Universidad de su natal Murcia (1995).
Su última entrevista apareció justamente ayer, en el diario de Barcelona «La Vanguardia». Allí decía que se alegraba de que a
Antonio Banderas y a Penélope Cruz les vaya bien en Hollywood, pero que él nunca quiso ir a trabajar allí porque no soportaba esa «carrera de ambiciones que reina en el cine norteamericano». Europeo hasta la muerte, siempre rechazó el «sistema de estudios». Y además, allí tampoco le hubieran permitido fumar, ni beber demasiado, ni propasarse con las damas más de lo debido.

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