Víctima de problemas cardíacos, pero también de una suerte de síndrome de la generación del '60 (un sentimiento de frustración nacional y profesional, de cansancio intelectual, que sólo el sentido de la ironía puede enfrentar), murió el sábado David J. Kohon, director de «Prisioneros de una noche», «Tres veces Ana», y «Breve cielo».
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Desde un primer momento, Kohon fue considerado uno de los mejores autores surgidos de la llamada Generación del 60, sino el mejor. Nadie como él para describir la angustiante poesía de la ciudad porteña y sus infelices habitantes a la espera de amor. Enamorados bajo condena, solitarios a pesar propio, enclaustrados en pequeñas rutinas y viejos prejuicios, con un corazón ansioso bajo la grisura cotidiana de sus vidas.
María Vaner, Alfredo Alcón, Walter Vidarte, y luego los entonces adolescentes Ana Maria Picchio, debutante, y Alberto Fernández de Rosa, todavía flaquito, encarnaron esos personajes que ya son antológicos. Pese a los elogios, Kohon apenas hizo otras tres películas: el policial «Con alma y vida» (libro y actuación del belmondiano Norberto Aroldi), que fue su único éxito comercial, mucho después la melancólica confesión de frustraciones «¿Qué es el otoño?», dedicada a sus compañeros de partida, y, por último, una rareza, «El agujero en la pared», frustrada paráfrasis del «Fausto», bastante riesgosa para el momento en que se hizo. Tras esta película, se retiró a vivir a City Bell.
Su relación con el cine se redujo apenas al dictado de algunas clases. Ni siquiera fue a recibir personalmente el Cóndor de Plata a la trayectoria que a mediados de los '90 le otorgó Cronistas (alegó tener un desgarro muscular tras un picadito de fútbol practicado horas antes). Pero el año pasado, cuando el premio fue para María Vaner, su actriz de «Prisioneros...» y «Tres veces Ana», aunque ya estaba enfermo Kohon viajó en plena noche, solo para aplaudirla y saludarla unos minutos. Esa fue su última aparición pública, y pocos la advirtieron.
Había nacido en Buenos Aires el 18 de octubre de 1929. Formado en el cineclub Gente de Cine, antes de dirigir fue asistente de dirección, cuentista, y crítico en «Democracia» y «Mundo Argentino». También fue notero en «Claudia», con seudónimo. Fue también militante antiperonista (dos veces llegó a estar preso), y frustrado militante frondicista: en 1958 le propusieron hacer un documental de apoyo a un plan de erradicación de las villas miseria, pero como el plan nunca se aplicó, hizo un corto documental por su cuenta, «Buenos Aires». Esa fue una de las primeras expresiones de la Generación del 60, y su primera declaración de amor dolido a una ciudad que lo dejó ir. Paraná Sendrós
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