11 de marzo 1999 - 00:00
"NADIE ME QUIERE "
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Doris Dörrie es una alemana ingeniosa, abierta, y bastante zafada. Así lo atestiguan los tres films suyos que acá pudieron verse: «En la mitad del corazón», «Yo y él», sobre la amistad de un hombre con su pene, y aquel éxito mundial que se llamó «Hombres», donde alguien se hace amigo del amante de su mujer, desbaratando no sólo los esquemas de ella, sino también los propios.
Su tema, ya se ve, son las relaciones afectivas habituales e inhabituales, sobre las que también escribe abundantes relatos. De uno de ellos surgió precisamente el film con que ahora reaparece entre nosotros, después de larga ausencia. Y reaparece bien, manteniendo fresca su capacidad de inventar criaturas y situaciones inesperadas, pintar problemas contemporáneos, y provocar amor y simpatía.Y manteniendo, asimismo, su evidente alegría de hacer cine.
Esta vez, la protagonista es una treintañera obsesionada con la muerte (va a un curso donde cada uno construye su propio cajón) y con la soledad (va a la catedral de Colonia para pedir un buen partido). Encima, debe soportar una madre medio histérica y sexópata, un condominio imposible, un administrador inseguro con ínfulas de yuppie (su Mercedes es su «lugar de meditación»), etc. Todo mal, pero, sin embargo, algo puede surgir...
La película se detiene en algún momento, como si la directora no supiera qué hacer con sus personajes. Ese es su punto débil. Pero no hay que desesperar. De pronto algún impulso, alguna magia, terminará uniendo cuanto corresponde unir. Entonces habrá amor, comunicación y placer en los personajes, en los espectadores, y -sí, señor-en el equipo de filmación. Conviene no perderse los títulos finales. No hay bloopers, sino, al contrario, gente que no se arrepiente de nada, como dice Edith Piaf, y que nos brinda lo suyo de corazón.
P.D.: ésta es la primera película que se estrena comercialmente en Buenos Aires con subtitulado electrónico. El sistema es muy bueno porque deja limpia la pantalla y la copia de la película, pero todavía es medio caro, porque implica el alquiler del equipo, cualquiera sea la cantidad de espectadores por función. Eso lo hace efectivo para funciones excepcionales, tipo festival marplatense, pero todavía riesgoso para explotación en salas. Aquí se hace, como prueba, por tratarse de una única copia, en una única sala. Esto es, entonces, una excepción, pero anticipa un nuevo modo de ver cine.




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