23 de diciembre 2004 - 00:00

"Nicholas Nickleby"

Jim Broadbent, desfigurado para su papel del rector Squeers, un antecedente del célebre personaje de Fagin en «Oliver Twist».
Jim Broadbent, desfigurado para su papel del rector Squeers, un antecedente del célebre personaje de Fagin en «Oliver Twist».
«Nicholas Nickleby» (id., Gran Bretaña, EE.UU., Alemania, 2002; habl. en inglés). Dir.: D. McGrath. Int.: C. Hunnam, C. Plummer, T. Courtenay, E. Fox, N. Lane, E. Fox. J. Bell y otros.

El mundo de Charles Dickens es muy parecido al de Sade, sólo que adaptado a los chicos y con final feliz. «Nicholas Nickleby», la tercera de sus grandes novelas, comparte con otras de sus obras, como «Oliver Twist», escenas de humillación y azotes en reformatorios y victimizaciones de distinta índole. Además, el insinuado sometimiento de la hermana del protagonista asemeja a ésta a otra heroína literaria, la Justine de Sade.

Esta hipótesis, que seguramente habría sido rechazada con espanto hasta no hace mucho, se fortalece en esta nueva versión nada edulcorada que firma el director Douglas McGrath (cuyo debut se produjo con otra obra del cánon británico, la «Emma» de Jane Austen). Detrás de su dramaturgia casi ortodoxa, en la que sin embargo puede percibirse más de un comentario irónico sobre los recursos habituales para ilustrar clásicos, empezando por el burlón relato en off, «Nicholas Nickleby» es una clara mirada sobre las relaciones de poder, menos cercana a Marx como al «divino Marqués».

El protagonista y héroe es un fugitivo perenne: debe abandonar su casa paterna cuando la familia pierde sustento económico tras la muerte de su padre, viaja a Londres a buscar la imposible ayuda de su tío avaro, y termina como preceptor en un colegio de provincias, regenteado por el siniestro y golpeador Squeers, un antecedente del célebre personaje de Fagin en «Oliver Twist».

Luego de rescatar a un tullido vuelve a escapar junto con él, y tiene un breve remanso de paz, que no tarda en interrumpirse para retomar sus andanzas justicieras, en la compañía de teatro ambulante del pintoresco matrimonio Crummles (pareja interpretada por el actor de Broadway Nathan Lane, protagonista de «The Producers», y el famoso travesti australiano Dame Edna Everage, cuya inclusión en el reparto es otro de los rasgos satíricos de esta adaptación). La conclusión, desde luego, es reparadora y edificante.

Pero, más allá de aquellos rasgos (más pinceladas modernas que auténticas audacias), el tono elegido por el film no dista demasiado de la ortodoxia habitual de las adaptaciones de Dickens. En ese sentido, para relucir de verdad le falta alguna interpretación realmente descollante y característica, como (por ejemplo) las que lograba Alec Guinness en las versiones de David Lean.

Y eso que a este
«Nicholas Nickleby» no le falta elenco, aunque ninguno llega a apoderarse de la película: están Christopher Plummer (como el tío despiadado, por supuesto), Tom Courtenay como su criado, Edward Fox como el lascivo pretendiente de la sobrina, Jim Broadbent como el tuerto castigador y muchos otros rostros menos conocidos fuera de Inglaterra, incluyendo al ya crecido niño protagonista de «Billy Elliot», Jamie Bell, en el papel del tullido pupilo Smike. En definitiva, un Dickens que interesa, pulcro, pero nada apasionante.

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