En 1965, el norteamericano Joseph Kosuth le dio una vuelta de tuerca al arte contemporáneo cuando presentó «Una y tres sillas», obra que consistía en una silla de verdad puesta en la sala de exposiciones, la fotografía de esa misma silla, y un papel con la definición que da el diccionario de la palabra silla.
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El artista señalaba las diferencias entre el objeto real (silla), la representación del objeto ( fotografía) y su denominación (la palabra silla), alcanzando así el límite en que el arte se interna en cuestiones filosóficas, o específicamente en la teoría del conocimiento. Este obra del arte conceptual, o arte de ideas, que hoy se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pareciera inspirar «...O viceversa», título del trabajo que abre la muestra de Nora Correas que inauguró la semana pasada la galería Maman, y que consiste en dos manzanas, una real y la otra, su calco exacto, de barro. Pero mientras la acción artística de Kosuth, al mostrar los distintos modos en que se puede visualizar el concepto silla, invita a la reflexión, la de Correas anticipa el tono de una muestra que aspira a activar procesos mentales.
La manzana que puede servir de alimento, y su réplica artificial, no comestible, podrían asociarse también a «Analogía IV» de Victor Grippo: un plato con papas de acrílico transparente y otro con papas naturales y obviamente comestibles. Si bien el sentido final de la obra de Correas difiere del científico de Grippo, la influencia del artista es un dato ineludible. Sobre todo, en los panes realizados en acrílico transparente, material con el que se subraya la condición artificial y se aplica a un alimento esencial.
Como Grippo, Correas trabaja con objetos y materiales de gran poder evocativo, que la alejan del conceptualismo «árido» y mental de Kosuth, ya que actúan sobre la conciencia y la sensibilidad del espectador por afinidades. En todo caso, se trata de una muestra en la que no es imprescindible «descubrir» la idea de la obra para percibir el mensaje de la artista y sus ácidas reflexiones sobre el mundo actual.
Con mayor o menor elocuencia, las obras hablan por sí mismas, con su propio lenguaje. Un claro ejemplo es «Manipulación», una instalación donde el hombre, representado por cobayos vivos encerrados en una jaula,está rodeado por explícitas fotografías digitales donde su imagen se va borrando hasta desaparecer. Los títulos de estas fotos son conocidos medios de comunicación.
En la extensa sala de la galería y con el impecable oficio adquirido con los volumétricos tapices de los inicios su carrera, la artista da prueba de su virtuosismo manual y su habilidad para seleccionar los materiales más apropiados y significativos. De este modo y para enfatizar la expresividad de obras con fuerte contenido crítico, utiliza algunos objetos y materiales como resina poliéster, hierro, madera, cobre, acero, vidrio, sal o petróleo.
Los «chalecos», formas con aspecto de coraza que son su marca registrada y que protegen en su interior diversos elementos, vuelven a aparecer como lo más logrado de su producción. La ambigüedad de estos « monumentos» contribuye a brindar cierta magia que Correas alcanza más que nada en las obras de género, dedicadas a exaltar la problemática femenina, tema que ha dejado atrás en esta muestra más centrada en lo social y político. Sin embargo, se destaca la instalación «Oropel verde», una frágil muñeca ubicada sobre una pared tapizada con centenares de moscas modeladas con paciencia de orfebre como auténticas joyas, que con su belleza amenazante, acentúan la sensación de desamparo.
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