31 de agosto 2006 - 00:00

Notable dramatización del ataque a un avión

El docudrama de Paul Greengrass hace partícipe al espectador de la congoja y el pánico entre los tripulantes y pasajeros del avión que cayó en Pensilvania la mañana del 11 de septiembre de 2001.
El docudrama de Paul Greengrass hace partícipe al espectador de la congoja y el pánico entre los tripulantes y pasajeros del avión que cayó en Pensilvania la mañana del 11 de septiembre de 2001.
«Vuelo 93» («United 93», EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: P. Greengrass. Int.: C. Clemenson, J. Johnson, T. Gates, C. Jackson, B. Sliney y otros.

Conocida como la película del «cuarto avión» del 11 de septiembre de 2001, «Vuelo 93» es una excelente dramatización del secuestro y caída de la nave de United Airlines que no alcanzó el destino planeado por los terroristas árabes, el Capitolio.

Al poner en imágenes esta crónica, el director inglés Paul Greengrass tuvo un objetivo claro: hacer partícipe al espectador del desconcierto, la congoja y el pánico de los desafortunados pasajeros y tripulación que embarcaron esa mañana en el aeropuerto de Newark, Nueva Jersey, con destino a San Francisco, y terminaron aplastados en un campo de Pensilvania.

Ese objetivo requería dejar de lado toda discursividad política e histórica, todo comentario ideológico o patriótico. El relato vuelve el tiempo a cero: al embarcar en ese avión, ningún pasajero sabía lo que quería decir Al Qaeda y nadie en su vida había oído hablar de Bin Laden. La más llana cotidianeidad, el gesto de cargar el equipaje de mano en los maleteros, o la decisión entre una croissant o un menú caliente para el desayuno eran lo único que los ocupaban en ese momento.

En las torres de control y en las distintas oficinas de tráfico aéreo la situación era la misma. Ese día, el oficial Ben Sliney (que se interpreta a sí mismo en la película) estrenaba el cargo de Jefe Nacional de Operaciones Aéreas. Es ese hombre quien traduce, con su cara de desconcierto y nada menos que en su primer día en funciones, la misma sensación que viviría toda una nación a los pocos minutos. Al tener el primer indicio de que un avión ha sido secuestrado (el primero que se estrellaría contra las Torres Gemelas), exclama incrédulo: «¿Un secuestro? ¿Cómo se maneja eso? Desde los '90 que no ocurre». Lo impensable no tarda en sobrevenir, simultáneamente (y esa es otra habilidad del film) a la continuidad de los rutinarios trámites previos al despegue del vuelo 93. Greengrass filmó prácticamente en dos espacios: el de las diferentes torres de control y en la cabina del avión. Un breve prólogo, desapasionado, muestra a los cuatro terroristas suicidas rezando el Corán antes de abordar la nave. Posteriormente, cuando han tomado la cabina de mando, algunos primeros planos también desnudan su miedo: no lograr el objetivo, o que Alá los haya abandonado.

Obviamente, ninguno de ellos tiene nada que ver con la habitual pintura del terrorista de crueldad casi robótica de las películas de Hollywood: son criminales que transpiran y que necesitan compulsivamente repetir el nombre de Alá para sostener su misión.

La mirada sobre las víctimas es igualmente transparente y anónima. Posiblemente, el conocer la identidad de algunos pasajeros (había, por ejemplo, algún periodista de nombre, empresarios destacados, etc.) añadiría más información adicional. Pero ese no es el objetivo: así como el libro evita conmover innecesariamente al espectador con alguna «historia de vida» de los pasajeros, del mismo modo apenas se conoce de ellos lo que puede presumirse en algunos pocos casos cuando se los oye hablar a tierra por celulares, y despedirse de algún familiar. Sabemos lo mismo que se sabe cuando en la vida real se toma un vuelo. Caras anónimas, gente enfrascada en sus propias preocupaciones.

De allí, también, que Greengrass no sólo no haya empleado ningún actor conocido, sino que tampoco le diera a ningún personaje el papel de héroe o líder de la resistencia contra los terroristas cuando se deciden a atacarlos (esa es la hipótesis más firme sobre la causa de que el avión haya caído antes de atacar el blanco fijado).

«Vuelo 93» no es la tradicional película de héroes y villanos: es una crónica cuasi documental, descarnada, del desconcierto y el terror del día más infausto del nuevo siglo. El cine de Greengrass está muy alejado del de Michael Moore. En todo caso, cuando en «Vuelo 93» se asiste a la aterrorizada ansiedad de los oficiales que esperan una orden presidencial para atacar los aviones secuestrados, no es improbable que a algun espectador se le represente una única imagen de «Fahrenheit 9/11»: la del rostro de George Bush cuando está en una escuela escuchando poesía escolar, y le comunican al oído el ataque a las Torres.

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