6 de diciembre 2000 - 00:00
Notable Jarret tocó para pocos
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Este músico de piel oscura y aspecto latino no se ha ganado la fama y el prestigio solamente por sus veleidades de estrella internacional; aunque las tiene en abundancia. En todo caso, esos caprichos que ostenta han llegado como consecuencia de ser uno de los artistas de jazz más talentosos de todos los tiempos. En esta segunda visita al país, al frente del mismo trío que en 1994, volvió a demostrar todo lo que es capaz de hacer.
Jarret sorprende por la belleza de su toque, por el lirismo que se desprende de su manera de su ejecución y por la forma de moverse, como si fuera una anguila que bailotea, se para, emite algunos sonidos guturales y parece divertirse aunque su rostro adusto deja traslucir muy poco sus emociones. Y en ese pianismo, en sus improvisaciones, en la destreza técnica de sus escalas, en sus elecciones armónicas, se va desgranando un estilo propio.
La atención pasa alternativamente del maravilloso piano de Jarret al estupendo toque de Gary Peacock o a las sutilezas tímbricas de Jack DeJohnette. Ambos, como el director, sorprenden con sus improvisaciones. Y, en rigor, debería entenderse esta formación de trío como un instrumento en sí mismo, ideado por Jarret pero puesto magníficamente en práctica por los tres.
Para el final: una vez más, el alto cachet que pone Jarret para sus actuaciones fuera de los Estados Unidos -disfruta muy poco de los viajes y de tocar lejos de su país-sumado al exorbitante plus local, hicieron que las entradas para estos dos conciertos tuvieran un precio exagerado, inclusive para las grandes capitales de Occidente. Las mejores plateas se cotizaron a $ 120. Y allí hay que buscar la principal causa de la escasa concurrencia que tuvo el Gran Rex (hubo 1.651 personas en una sala de 3.300) para disfrutar de este artista inigualable.


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