6 de diciembre 2000 - 00:00
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Glenn Close y Gérard Depardieu.
Es que, gracias a los experimentos de un tal doctor Pavlov, la histérica diseñadora de pieles ha podido dominar sus instintos. La Corte de Apelaciones, la prensa, y hasta dos tontos a cargo de un asilo de perros creen que ya estamos ante otra mujer. «Por favor, llámenme Ela», ruega ella. «Pero bien dicen que la cabra al monte tira», como ya lo había anticipado el tango, y una vez más las campanadas pavlovianas suenan, en este caso para confirmar la cosa más lógica.
En cambio, otros momentos son decididamente malos o pierden su eficacia por ser demasiado previsibles, como el castigo de la mujer elegante a «manos» de los animales, que otra vez la enchastran toda, aunque ahora le agregan un toquecito a lo «Hansel y Gretel». Otro castigo, mucho menos llamativo, sufrirá el peletero fran-cés, mientras sus cotidianas víctimas, unos viejitos inmigrantes ilegales, apenas participan como tontos en la oscuridad. A propósito, el segundo tonto del asilo desaparece a mitad de la película y lo volvemos a ver recién al final. ¿Qué se hizo, mientras tanto? Parece mentira que haya habido cuatro personas para un guión tan flojo.


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