22 de agosto 2005 - 00:00

Obra de Gambaro hoy suena más poética que política

La brillante actuación de Carolina Fal (aquíjunto a un apenas correcto Joaquín Furriel)es el principal atractivo de la nueva versiónde «La malasangre».
La brillante actuación de Carolina Fal (aquí junto a un apenas correcto Joaquín Furriel) es el principal atractivo de la nueva versión de «La malasangre».
«La malasangre» de G. Gambaro. Dir.: L. Yusem. Int.: L. Quinteros, J. Furriel, C. Fal, C. Speroni, L. Ziembrowski y L. Saggese. Esc.: G. Galán. Vest.: R. Schussheim. Luces: J. Pastorino. Mús.: C. Baliero. (Teatro Regina.)

"La malasangre" es una obra muy significativa dentro de la dramaturgia de Griselda Gambaro. Cuando se estrenó en 1982, también bajo la dirección de Laura Yusem, tuvo un fuerte impacto en el público y la crítica, que vieron en ella un valiente alegato contra el autoritarismo de turno. Sin embargo, si se la compara con la producción más reciente de Gambaro, («La señora Macbeth» es un buen ejemplo), se observa en sus últimos títulos un tratamiento más sutil y refinado de temas tan caros a la autora como el abuso del poder, la responsabilidad individual y la relación amo-esclavo.

«La malasangre»
está ambientada en la épocade Rosas, en plena represión mazorquera. El clima de terror que imperaba en la ciudad se reproduce, con increíble saña, en el seno de una familia adinerada, cuyo liderazgo es ejercido por un hombre de extrema crueldad que golpea y humilla a su esposa y ejerce un estricto control sobre su hija. Por eso, a la hora de elegirle un nuevo preceptor opta por un jorobado, sin sospechar que este joven mal entrazado le enseñará a su hija Dolores el camino hacia el amor, la justicia y la libertad.

Luego de más de dos décadas de democracia, la pieza ha perdido buena parte de su virulencia, ya no provoca aquella identificación inmediata que hacía que el espectador leyera la obra desde una óptica esencialmente política. Hoy, «La malasangre» atrae por sus elementos míticos y su poética de los siniestro que hacen que esta historia -de abusos y represión- adquiera una perturbadora ambigüedad.

Además de la siempre eficaz Catalina Speroni (como la madre de Dolores, una mujer de exasperante pasividad), Lorenzo Quinteros compone a un villano de antología con inesperados rasgos de humor. Todas las maldades de su Benigno son secundadas por un criado brutal (muy buena labor de Luis Ziembrowski) quien, según parece, mantiene una extraña relación sadomasoquista con la hija de su patrón desde que ésta era niña. La escena en que le regala un pájaro muerto es de una tensión insoportable, al igual que la escena del compromiso matrimonial entre Dolores y el inefable Juan Pedro de los Campos Dorados (un muy expresivo Leonardo Saggese). Lamentablemente, la obra desemboca en un final abrupto, excedido en gritos y actuaciones crispadas, que estropea la delicada tensión creada hasta ese momento.

Carolina Fal
brilla a lo largo de toda la obra con muy buenos recursos, y se convierte en el principal atractivo de la puesta, dada la intrincada psicología de su personaje.

Los demás personajes lucen mucho más esquemáticos, al menos en este nuevo montaje que a pesar de sus incuestionables aciertos no se decide a explotar a fondo los excesos y delirios de este apasionado melodrama. El orden represivo de «La malasangre» recuerda al de «La casa de Bernarda Alba» de García Lorca, sólo que en la pieza de Gambaro el cuestionamiento principal alude al grado de responsabilidad que cada uno asuma frente a la supresión de los derechos individuales.

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