2 de septiembre 1999 - 00:00
"OJOS BIEN CERRADOS"
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El cine de Kubrick fue capaz de ahondar en violencias y horrores metafísicos, de patrullar el infierno de los ejércitos y del espacio, pero cuando trata de asomarse a la intimidad de una pare-ja, como ahora, fracasa ruidosamente. Kubrick nunca fue Bergman ni Altman, ni siquiera Woody Allen. Hasta es grotesco observar cómo su arte y su portentosa técnica, más vanidosa que nunca, está al único servicio de un protagonista tilingo y reprimido, que recorre la noche de Nueva York con el miedo de un primerizo que no se atreve a nada, y que termina llorando ante su esposa. Vein-te años después de los estremecimientos de «El resplandor», ver esta película entristece, y no sólo porque sea la última.
Aislado en su bunker inglés, sometiendo a los actores a infinitas tomas de las mismas escenas durante casi dos años de rodaje, Kubrick también parece haber perdido contacto con el resto del cine que se hacía en el mundo, o haberse olvidado que existió, en los años '60 y '70, algo que se llamó revolución sexual y que produjo inocentadas como «Bob & Carol & Ted & Alice», que hoy hasta sería más audaz que esta película.
«Ojos bien cerrados» (título más definitorio de su actitud como artista que lo que argumentalmente alude: la incomprensión en un matrimonio) revela un guión impropio de la naturaleza de Ku-brick. La adaptación actual de la «Traumnovelle» de Arthur Schnitzler (Viena, principios de siglo) parece haberlo conducido a un laberinto más complejo que el que mató de frío a Jack Nicholson: o bien elegía una dirección que desembocaba en una película fantástica, enfermiza y marginal (del estilo « Saló» de Pasolini, otro «opus último»), o bien se quedaba de este lado del público y de los exhibidores, molestando apenas con un par de rutinas sexuales, «manzanas mecánicas» que, tras su muerte, hasta le disimularon en pantalla en los Estados Unidos. Eso fue lo que terminó ocurrien-Tom Cruise y Nicole Kidman en la única escena donde ambos aparecen (de medio cuerpo) sin ropa. “jos bien cerrados”es un film decorativo y presuntuoso, con muy poco de la calidad de la obra de Kubrick. do, como si las trabas de censura externa que hace 40 años le estropearon «Lolita» hoy hubiesen provenido de su propio interior.
Ya en la fiesta, mientras a Nicole la provoca un caballero húngaro y Tom es arrastrado por dos modelos ociosas, a Pollack (incorregible hasta como anfitrión) se le está por morir de sobredosis una mujer con la que se había encerrado en una de las habitaciones. Dos hechos marcan, a partir de allí, el futuro desarrollo del film: Tom salva a la mujer (para lo cual debe abandonar a las modelos), y luego descubre, entre los músicos que tocan en la fiesta, a un ex compañero de la Universidad. De regreso a casa, Nicole y Tom (que estuvieron a punto de engañarse, pero no) se acuestan y prenden un «porro» devastador: a la primera pitada están erotizados, pero peleando como enemigos. Ella recuerda un amante del pasado, aunque también sin consecuencias porque nunca se le acercó: le dice a Tom que si ese hombre la hubiese siquiera mirado, ella habría dejado todo por él. Un llamado telefónico imprevisto salva a Tom de la reacción inmediata: la hija de un paciente suyo, que acaba de morir, le pide ayuda.
La odisea sexual de Tom, que será tan irrealizada como la traición que le relata su mujer, empieza en ese momento: la hija del paciente lo acosa junto al cadáver, pero nada ocurre. Una prostituta lo arrastra a su casa, y nada ocurre. Nunca le ocurre más que la traumática fantasía de su mujer en otros brazos. Con mirada ansiosa y sonrisa incómoda, la excitación primaria y adolescente de Tom se eleva a los cielos por las tomas colosales de Kubrick y una música envolvente y machacona cuando insiste en una sola tecla.
Sin embargo, todavía no ocurrió lo mejor: su amigo pianista le da una dirección a la que tiene que llegar con disfraz y contraseña, y en donde se topará con una orgía que hasta a Ken Russell le resultaría recargada y excesiva. Momento cumbre del grotesco kubrickiano, esas máscaras venecianas, esos salmos de altoparlante de estadio, esa combinación de la pintura del Bosco con el soft porno italiano de hace veinte años, esa ceremonia sacrificial en la que el desamparado Tom recuerda a la bella Fay Wray en las manazas de King Kong, no dejan de tener su encanto. Claro, tal vez no el mismo que haya tratado de lograr su autor.
Si desde una mirada realista esa orgía es imposible, o ridícula, lo que más llama la atención es que la película no haya intentado, desde allí, un camino fantástico, tal vez su única posibilidad de redención. Pero no: en una de las escenas más frustrantes que sobrevendrán después, Sydney Pollack, siempre con el vaso en la mano y ahora sobre una mesa de pool, se pone a explicar todo el misterio no mucho antes de que Tom, cabizbajo, vuelva a casa a pedir perdón.
En definitiva: que el único misterio de «Ojos bien cerrados» es el porqué de su realización, enigma más indescifrable que el monolito de «2001», y que Kubrick se llevó a la tumba.
RECUADRO
TITULO
Schnitzler, la prensa y las exageraciones
FIRMA
Nan Giménez
Ahora bien, aunque desde luego es imposible saber qué pensaría al respecto ahora el dramaturgo austríaco (murió en 1931, a los 69 años), es evidente que la extraordinaria repercusión global que su nombre alcanza en los umbrales del siglo XXI se la debe a esos «enviados especiales del diablo», como diría su admirado Kierkegaard, acaso aun más que al genio de Kubrick y el glamour de los protagonistas del film.
Es más, ese renovado prestigio de Schnitzler ya empieza a fructificar en otros sentidos. Se habla de remakes de «Liebelei» y «La Ronde», ambas filmadas por Max Ophuls, la primera de ellas dos veces, y la segunda también adaptada por Roger Vadin en un film de 1964.



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