(20/02/02) «La clase del marqués de Sade» de C. Somigliana. Dir.: R. Correa y J.Margulis. Int.: J. C. Galván, A.Rubio, V. Piaggio, A. Guiser, M. Alarcón y J. M. López. Esc.: A. Negrin. Vest.: M. Toschi. Mús. Orig.: P. Bronzini. (Teatro Del Pueblo.)
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Carlos Somigliana (1932-1987) fue uno de los propulsores de Teatro Abierto, en cuya primera edición -realizada en 1981- estrenó «El nuevo mundo», una comedia de tono farsesco que narra la supuesta visita del Marqués de Sade a una América colonial, gobernada por militares violentos y corruptos.
En 1984, decepcionado por las promesas incumplidas de la reciente democracia, Somigliana escribió una segunda obra, titulada precisamente «La democracia en el tocador», que nunca fue estrenada. En ella vuelve a aparecer el Marqués de Sade, pero esta vez despojado de su fortuna por la insaciable codicia de los políticos.
Mezcla
De la unión de las dos obras mencionadas surgió «La clase del marqués de Sade», un espectáculo dirigido por Rubens Correa y Javier Margulis que apuesta abiertamente al vodevil y a la comicidad liviana, sin ahondar en el carácter emblemático de sus personajes. Si bien es cierto que el texto de Somigliana revela una escritura urgente, destinada a una determinada coyuntura (lo que quizás explique el esquematismo de sus ideas y la ingenuidad de su trasfondo ideológico), hay que admitir que la puesta de Correa-Margulis no hace más que banalizar el material.
En primer lugar, la acción se desarrolla a base de gags humorísticos y picarescas escenas de alcoba que nunca alcanzan el ritmo ni el nivel de delirio adecuados, que al menos servirían para disimular ciertos baches narrativos. A los actores se los ve perdidos, carentes de una fuerza que los lance a sus objetivos y, además, dan muestras de no entender demasiado los códigos humorísticos que deben manejar, a excepción de Mario Alarcón, de meritoria labor en su doble papel de comisario y de peón desnutrido.
También cabe destacar la presencia de Juan Carlos Galván, como el marqués de Sade, que logra dotar de ambigüedad y encanto a un personaje bastante desdibujado ya desde el texto. Como caricatura de una cruel realidad, la obra pierde credibilidad a cada paso tornando obsoleta su denuncia, por más que algunas frases «peguen» en el público, quizás por acto reflejo, como las referidas a la catastrófica gestión de un ministro de economía o a la corrupción que sigue floreciendo en plena democracia.
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