L a vida del novelista, ensayista, periodista y comentarista radial de la BBC George Orwell, que hoy cumpliría 100 años, estuvo marcada por polaridades. Fue una curiosa mezcla de izquierdista y conservador que denunció sin tregua los mayores horrores del siglo XX. Se lo identifica por la fábula «Rebelión en la granja» (1945), donde crítica al comunismo soviético con el estilo del Jonathan Swift de «Los viajes de Gulliver» para retratar un lugar donde «todos los animales son iguales, pero algunos más iguales que otros»; y por «Mil novecientos ochenta y cuatro» (1949), alegoría sobre el control social por el Estado, del «Gran Hermano», considerada su «obra cumbre», que luego de un par de versiones cinematográficas (de Michael Anderson, en 1956; de Michael Radford, en 1984) acabó dando nombre a un patético programa de TV, creado por el holandés John de Mol, para fanáticos del exhibicionismo, del voyeurismo y del exitismo, exacto opuesto de lo planteado por el escritor. Si bien esas obras han sido superadas, por la caída del Muro de Berlín y por las novelas de J.C. Ballard, son hitos de la lucha contra las ideologías estatistas del siglo pasado.
En «La victoria de Orwell», biografía que acaba de aparecer, Christopher Hitchens sostiene que el acierto de Orwell fue enfrentar los grandes totalitarismos, fascismo, comunismo y colonialismo, y lanzar vitriólicas humoradas sobre modelos menores de abusos de poder, racismo y corrupción.
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A Orwell, que declaraba con sorna ser parte de «la baja clase media alta, baja en recursos, alta en imagen» y que por una beca se educó en Eton (el colegio más aristocrático de Gran Bretaña, el de los futuros dirigentes, donde luego envió a su hijo para que se educara en la gran cultura) George Steiner lo hace «ejemplo de agudo observador de la cultura popular».
Fue un puritano mientras las mujeres no aceptaban sus proposiciones para, tras su primer matrimonio, convertirse en un libertino que prefería a jóvenes prostitutas, con adulterios primero furtivos y luego aceptados por su mujer. Fue buena parte de su vida un solitario, pero siempre dispuesto a proponer casamiento a una veinteañera, seductora e inteligente. Esa debilidad lo llevó a entregarle a Celia Kirwan, hermana melliza de la esposa de Arthur Koestler, una lista para el Foreign Office con «gente con la que no se puede contar, son más leales a Stalin que a Occidente». Entre los 38 «filocomunistas» estaban Charles Chaplin, George Bernard Shaw, J.B. Priestley, John Steinbeck y Sean O'Casey. Hoy se ha vuelto a usar aquella lista como «un escándalo que empaña la memoria de Orwell», sin destacar que eso ocurrió en plena Guerra Fría y no provocó una oleada de maccarthismo. Ni que Orwell había sido espiado y hasta condenado a muerte por los comunistas, escapando con vida por poco, cuando participó en las Brigadas Internacionales del ejército republicano, durante la Guerra Civil española.
•El nombre real
Se llamaba en realidad Eric Blair, nació el 25 de junio de 1903 en Mothiri, remoto destacamento de India, donde su padre era funcionario subalterno en la Oficina del Opio. Decidido a ser un escritor profesional y un rebelde a su condición social, publica «Sin dinero en París y Londres» (1933). Cuando a los 30 años, luego de regresar a su tierra de origen para prestar servicios en la Policía Imperial, escribe «Días birmanos» (1934) decide firmar como George Orwell. Cambia el elitista Eric por el popular George, y como apellido elige el nombre de un pequeño río interior de Inglaterra, Orwell. Previendo, según el ensayista español Eduardo Jordá, que Blair «sería algún día el apellido de un primer ministro», en realidad lo hizo para no ser reconocido por familiares y funcionarios amigos con una sátira sobre las torpezas del colonialismo. Convertido en periodista retorna a Europa y a la bohemia parisina. Luego de publicar «La hija del Reverendo»(1935), novela sentimental que es una mala copia del James Joyce de «Dublineses», se dedica a una rentable «literatura de reportaje». Se disfraza de vagabundo para investigar a los clochards de París y a los desempleados del East End, viaja al norte de Inglaterra para documentar la vida de los mineros («El camino de Wigan Pier», 1937), descubre como programa vital que «la libertad es el derecho de decir a la gente lo que no quiere oír» y como programa literario que «la buena prosa es como el vidrio de una ventana». Se adelanta a otros en mezclar la realidad con la ficción y construir reportajes imaginarios. Lo publican editoriales de izquierda, pero los editores necesitan declarar que no comparten las críticas que realiza a su ideología. Se lo ve más como un anarquista o un laborista de tinte liberal que como socialista. Ante el irrefrenable avance nazi sobre Europa, vende los cubiertos de plata de la familia y viaja a España «a matar fascistas» y defender la República, uniéndose a un grupo trotskista. Se salva milagrosamente primero de una herida en el cuello en un combate y, luego, de la represión que realiza el Partido Comunista cuando asume el manejo de Barcelona. Esa experiencia lo lleva a escribir «Homenaje a Cataluña»(1938), testimonio que lo enfrenta a gran parte de la izquierda europea.
Tras su huida del terror en Cataluña, se instala en la isla de Jura, en Escocia. Intenta volverse campesino y asceta. Fracasa en las dos aspiraciones, pero logra forjar el mito de su novela «1984»: una nueva tiranía que manipula a las masas a través de los medios de comunicación y por cuatro ministerios (que como todo en la vida de Orwell parece un juego de oximorones): el de la Paz, que se ocupa de lo relativo a la guerra; el del Amor, que dirige la temida Policía del Pensamiento; el de la Abundancia, que se ocupa de la escasez, y el de la Verdad, que se ocupa de la propaganda del régimen.
George Orwell murió de tuberculosis el 23 de enero de 1950, tenía apenas 46 años, en Inglaterra acaba de aparecer una edición homenaje de sus obras en 20 tomos.
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