16 de septiembre 2004 - 00:00

"Padre e hijos"

Philippe Noiret, los hijos y las canadienses en «Padre e hijos», comedia del francotunecino Michel Boujenah.
Philippe Noiret, los hijos y las canadienses en «Padre e hijos», comedia del francotunecino Michel Boujenah.
"Padre e hijos" cuenta los esfuerzos de un setentón por reunir a sus tres hijos, muy diferentes entre sí, tras demasiados años de peleas e incomunicación. La historia, materia apta para algún drama bergmaniano o una densa tragedia rusa, tiene aquí en cambio el soplo amable y liviano de la comedia familiar. Primer film como director del veterano actor cómico tunecino-francés Michel Boujenah (el gordito de «Tres hombres y un biberón», hace 20 años), «Padre e hijos» tiene, en rigor, una única razón para ser vista: Philippe Noiret (y no es poco... últimamente cuesta encontrarle razones a ciertas películas que llegan a cartel).

Una de las mayores proezas de Noiret consiste aquí en dejar de lado su fuerte identidad francesa. Su actuación y presencia recuerdan las de desaparecidos patriarcas italianos como Gassman, Manfredi o Tognazzi (en ese tono menor que tanto los divertía también a ellos), moviéndose con comodidad en una película que, sin duda, debió haber sido italiana. Es más: hasta parece una comedia italiana doblada al francés.

Su personaje es ladino, pícaro, mentiroso y, desde luego, bonachón. En su vida, seguramente, ha sumado muchos desaciertos (a los que, en cierta forma, cabe atribuirles el desastroso cuadro familiar que tanto lo mortifica ahora), y cuando se propone remediarlo parece un poco tarde.

Su hijo mayor es el empresario exitoso, el del medio es el perdedor, y el menor es el «cool» despreocupado, de quien sospecha una inclinación homosexual (desopilante acierto del guión es el diálogo que sostiene con este último hijo, cuando intenta autoconvencerse de poseer una imposible «mente abierta»).

Sobre la base de una nueva mentira (finge ser víctima de una enfermedad terminal), el padre reúne forzadamente a los tres hermanos para que emprendan, todos juntos, una temporada de vacaciones en Canadá. Con algunos buenos hallazgos cómicos, otros que bordean el sentimentalismo (y están a punto de estrellarse con lo cursi), el grupo termina en la casa de una insólita «sanadora» y su hija, circunstancia que le da pie al libro para generar otros momentos de aceptable comedia. Y no mucho más, desde luego.

Sin embargo, películas como ésta o (en otro registro) como «Ruby y Quentin» hace unas semanas, son vitales para balancear, racionalmente, una cartelera de cine como la actual, que desde hace tiempo dejó de tener en cuenta la necesidad de esparcimiento de una gran parte del público a la que no le interesa tanta oferta de cine visceral sin argumento.

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