"PANICO Y LOCURA EN LAS VEGAS"

Espectáculos

S i una película empieza con un convertible a toda velocidad con dos tipos a los que el ácido lisérgico combinado con cocaína y mescalina les hace ver murciélagos a plena luz del día, es obvio que a partir de ahí será muy difícil mantener la intensidad de los delirios visuales durante las restantes dos horas de proyección. Sin embargo, a Terry Gilliam esto no le pareció nada obvio, y por eso sus personajes siguen casi dos horas más teniendo visiones lisérgicas, tartamudeando al enfrentar a cualquier otro personaje, sacando pistolas para enfrentar sus horrores imaginarios, siempre filmados con un lente angular que desfigure sus rostros lo más posible, no sea cosa que el público vaya a olvidarse de que están totalmente pasados de alucinógenos. Por eso «Pánico y locura en LasVegas» es uno de los trabajos más fallidos en la carrera general-mente notable de Gilliam (excepto por la insoportablemente melosa «Pescador de ilusiones»). La novela de Hunter S. Thompson fue un hito de la contracultura de comienzos de la década del '70, pero transportada en imágenes tan redundantes, con situaciones repetitivas y sobreactuaciones a granel tiene mucha menos gracia que las mucho más sencillas aventuras drogonas del dúo chicano

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