1 de agosto 2007 - 00:00

"Para escribir lo que uno vivió hay que juntar coraje"

Pablo Ramos tuvo una vida novelesca que él convirtió entema de sus libros; el último, «La ley de la ferocidad», estásiendo traducido al inglés, el francés, el alemán y el italiano.
Pablo Ramos tuvo una vida novelesca que él convirtió en tema de sus libros; el último, «La ley de la ferocidad», está siendo traducido al inglés, el francés, el alemán y el italiano.
"Soy un tipo de suerte", sostiene Pablo Ramos, y repasando su historia, resulta fácil creerle. Pasó de chico de la calle que robaba, lustraba bronces en el cementerio o era «palanganero» y le llevaba agua a las prostitutas de la isla Maciel, a empresario exitoso, dueño de una importante empresa de electricidad, que un día lo aburrió y la transformó en cooperativa para poder dedicarse a la literatura. Y ahí también tuvo suerte. La colombiana Laura Restrepo se convirtió en una de sus fans, lo difundió por todas partes, escribió que «Pablo Ramos se la juega a dentelladas y escribe con ferocidad». Al rato, al pasar, se le escapa que lo llamó Fernando Vallejo desde México para decirle que había leído con gusto «La ley de la ferocidad», su última novela, que está siendo traducida al alemán, inglés, francés e italiano. En su casa de La Paternal dialogamos con Ramos sobre cómo en pocos años conquistó un lugar en la literatura argentina reciente.

Periodista: A poco de empezar, y con un libro de cuentos, «Cuando lo peor haya pasado», usted ya ganó un premio internacional.

Pablo Ramos: Ese no fue el primero. El primero lo conseguí con un cuento erótico que no incluí en ninguno de mis libros y que no sé dónde está. Lo envié al concurso literario de la revista «Playboy» y gané el premio de mil pesos. Entre el jurado estaba el uruguayo Homero Alsina Thevenet, que me quiso conocer y me insistió que siguiera escribiendo.

P.: Se dice que los uruguayos le han dado suerte.

P.R.: Yo nunca dejé de trabajar. Durante un tiempo fui empleado de SEGBA y me dediqué a aprender sobre electricidad. Empecé a hacer trabajos por mi cuenta. Un día le hago una instalación a Peirano, uno de los banqueros uruguayos, aquellos de Velox, y le gustó. Me pidió que le pusiera el aire acondicionado a los caballos de polo que criaba en Luján. La mujer me vio leyendo a Onetti y nos pusimos a charlar sobre ese enorme escritor uruguayo del que he leído todo. Cuando era adolescente, yo que no hice la secundaria, tuve como maestro al escritor uruguayo Carlos Balestra Duarte, me hacía pasarle sus textos a máquina y me asesoraba con las lecturas, me prestaba los libros. Por ese tiempo yo vivía en una pensión, no tenía televisor, así que me la pasaba leyendo. Con los Peirano al otro día de charlar sobre Onetti eramos amigos, y cuando comenzaron a abrir los supermercados Disco quedé como principal proveedor eléctrico, tuve que montar una empresa. Llegué a tener 150 operarios. Me compré una casa y un bar.

P.: No escapemos de la literatura.

P.R.: A mí no me gusta hablar de literatura, me importa hablar de la vida y escribo desde ese lugar.

P.: ¿Por eso hace un literatura marcadamente autorreferencial?

P.R.: Algunos creen que escribir narrativa autorreferencial es más fácil que escribir «El señor de los anillos». Es gente que hace una lectura superficial que termina en un descalificativo: «Bueno, todo eso le pasó». Pera la obra donde hablamos de lo que hemos vivido hay que juntar coraje, hay que tener un gran impudor limitado por cierto pudor porque uno escribe en la cuerda floja. Hay que saber cuándo recrear, cuándo inventar. No es nada fácil escribir desde ese lugar como lo hicieron John Cheever, Raymond Carver, Henry Miller. Ir haciendo recortes, colocando límites, saber hasta dónde ofrendarse. Hay mucho del Jean Genet que supo ver Jean-Paul Sartre, el que va al fondo de sí mismo para santificarse.

P.: Pero, en su obra, está más cerca de Roberto Arlt o del realismo tragicómico que según Italo Calvino tenía Soriano.

P.R.: Arlt es fundamental si en «El juguete rabioso» es evidente el caracter referencial; luego, en «Los Siete Locos» lo va operando desde su estética. En cuanto a lo tragicómico está en mí desde la universidad de la calle, y no por Osvaldo Soriano. En «El origen de la tristeza», Gabriel, mi personaje y alter ego, tiene como maestro a Rolando un cuidador de cementerio que vive en una bóveda y le explica el mundo a partir de cómo son las tumbas, las lápidas, los bronces y los que concurren. Al recrear ese episodio de mi vida me di cuenta que el estilo tenía que ser el de Samuel Beckett cuando los hace hablar a sus desharrapados Mercier y Camier, y que los principios que enseña Rolando tenían que ser los que Oscar Wilde propone para distinguirlos libros que deben ser leídos, recordados y descartados. Para que esto fuera mas divertido le impuse a Rolando una retórica culterana. El guiño concluye cuando Rolando borracho es maltratado por un hombre, y le dice: «exijo respeto, yo tengo libros».

P.: En «La ley de la ferocidad», su nueva novela, junto al ajuste de cuentas con el padre muerto, usted parece hacer una apología de los años '90.

P.R.: Es una novela de los noventa. Gabriel, el empresario, es un tipo al que le va muy bien. Es un descontrolado que gasta la plata que le entra a montones en merca, prostitutas, autos y deme dos. Busqué mostrar el dinero como fundamentoexistencial. Si nos fue mal es cuestión de cada uno. Lo que nadie puede dudar es que durante el menemismo había trabajo. Que Gabriel se descontrolara tiene que ver con sus problema, pero no fundió su empresa. En la novela, en un momento tiene un quiebre y se da cuenta de sus fallas morales. Tiene, como yo, formación católica y se da cuenta de lo que está bien, de la presencia del mal. No puede confesarse frente a un cura y entonces va a hacerlo ante una prostituta. Se arrodilla frente a ella, hace su acto de constrición, se confiesa como si esa mujer fuera aquella prostituta que de algún modo fue santificada por Cristo y que puede darle el perdón.

P.: ¿Cómo le fue con eso de ajustar cuentas con su padre real?

P.R.: Fue algo muy duro. ¿Ve ese ejemplar todo roto de mi novela? Fue el primero que me llegó. No podía creer lo que había escrito. Después pensé: ya está, ya lo dije. Tuve un padre golpeador...

P.: Como confiesa Saramago en su último libro...

P.R.: Me hizo sufrir mucho, era sindicalista, peronista, autoritario, machista, alcohólico. Estaba enfermo, y algo de lo suyo heredé, pero supe salir. Sobre el final, Gabriel lo comprende y se reconcilia con ese padre, pero como está muerto lo hace caminando con su madre.

P.: ¿Buscó los premios o le llegaron como el de «Playboy»?

P.R.: En el año 2000 me interné por un problema de alcoholismo, y le dejé a un amigo, que me cuidaba mi casa, los cuentos de «Cuando lo peor haya pasado» para que los enviara a un concurso. Los mandó a dos. Y gané los dos. El del Fondo Nacional de las Artes que tenía a Isidoro Blaisten como presidente del jurado, y el de Casa de las Américas cuyo jurado era presidido por Laura Restrepo. A ella le gustó tanto lo mío que se preocupó en difundirlo, ahora tengo un agente literario y creo que hasta voy a poder vivir de la literatura.

Entrevista de Máximo Soto

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